Pairing: Harry/Draco

Ubicación original

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Una época de milagros, obra de Psique para Intruders

 

 

A principios de Noviembre, Harry le había preguntado a Draco qué quería por Navidad. Draco estaba en uno de sus días malos, así que le había dicho que lo que más quería era una cura para su aflicción. Y ambos sabían que Harry no podía proveerle de eso. La sonrisa alegre en el rostro de Harry había muerto al instante, y Draco se arrepintió de inmediato de su sarcasmo. Se había disculpado, por supuesto, y se lo había hecho saber a Harry con una racha de amor tierno.

Sin embargo, Harry había estado callado y ensimismado desde ese entonces, y cuando el mismo Draco había sacado el tema de intercambiar regalos una semana después, más o menos, Harry había parecido distraído. Draco sabía que su amante había estado trabajando horas extra últimamente, e involucrándose en algún proyecto de investigación reciente con Granger, así que no insistió en el tema. En vez de eso, hizo planes para su propio regalo para Harry, encargando un deslumbrante pendiente de cabeza de león para él. Sería de oro, por supuesto. Draco ya no podía soportar tocar la plata.

Harry había acudido a Hermione en busca de ayuda cuando se dio cuenta de cuánto quería ayudar a Draco. Él sabía, por supuesto, que Draco haría cualquier cosa, incluso se suicidaría, para liberarse de la maldición que había estado cargando sobre sus hombros desde la batalla final, cuando había sido atacado por Greyback. Harry sabía que él era lo único que evitaba que Draco se autodestruyese. Muchas personas decían que morirían por aquéllos a los que querían, pero Draco vivió por aquel a quien amaba, y Harry agradecía cada día ese sacrificio.

Cada luna llena, ambos sufrían. Draco tenía que sufrir la transformación, por supuesto; y Harry había asumido el papel de vigilar siempre desde fuera la pequeña celda del calabozo. Se forzaba a soportar los gritos de Draco mientras tenía lugar el doloroso cambio, seguido por los aullidos de furia del hombre lobo al verse encerrado en la celda sin ventanas; sin saber, estando en ese estado, que él mismo había diseñado el recinto y se había sentenciado a sí mismo de forma voluntaria a entrar todos y cada uno de los meses.

Harry pasaba la noche entera escuchando los gruñidos y los pasos del hombre lobo, temblando cuando arañaba la puerta y dando respingos cuando se arrojaba contra la puerta en su frenesí de ser libre. Harry no tenía ninguna duda que si la puerta no aguantaba y el lobo escapaba, lo mataría al momento. No había nada de Draco en esa forma, y Harry a veces se preguntaba si era una bendición o una maldición.

Por la mañana, después de otra ronda de gritos agonizantes mientras su amante se transformaba de nuevo, Harry tenía que soportar lo peor de todo. Era en esos momentos cuando Draco se tambaleaba hacia la puerta y le rogaba a Harry que lo matase, justo en ese momento, cuando aún estaba en ese estado de debilidad. Harry se ahogaba conteniendo las lágrimas, desatrancaba la puerta y desaparecía escaleras arriba antes que el sonido de los sollozos de Draco pudiesen deshacerlo por completo.

Luego, nunca hablaban de ello.

Cualquier otro día del mes, a Harry le gustaba fingir que la condición de Draco no existía. Sin embargo, cuando Draco había anunciado con tristeza su deseo de librarse de su aflicción al preguntarle qué le gustaría que le regalara, Harry decidió tomar cartas al respecto. Sabía que otros lo habían intentado y habían fallado, y que los investigadores estaban trabajando en una cura en aquel momento, sin éxito, pero la Navidad era una época de milagros, y Harry tenía todas las razones del mundo para creer en milagros.

 

~*~

 

Hermione frunció el ceño, causando que apareciese una arruga entre sus cejas.

—Es demasiado peligroso —declaró.

—Pero podría funcionar —insistió Harry, intentando contener su emoción.

—En teoría, sí —asintió su amiga—. Sin embargo, en la práctica, estarás más cerca de matarlo que de curarlo.

El entusiasmo de Harry se tambaleó al instante.

—Sería un favor —susurró con voz dura.

—Oh, Harry —exclamó Hermione. Se levantó y rodeó la mesa en la que estaban trabajando para envolverlo en un cómodo abrazo. Le limpió las lágrimas con la yema de un pulgar, sintiendo sus propios ojos llenarse de humedad. No había visto llorar a Harry desde que Ron y ella le habían descubierto después de la batalla final, sosteniendo el cuerpo roto y sangrante de Draco y sollozando sobre su maltrecho amante.

El cuerpo de Greyback, o más bien lo que quedaba de él, yacía en las cercanías. Hermione nunca había descubierto qué hechizo había utilizado Harry para matar al hombre lobo. Parte de ella sospechaba que no era del todo un hechizo, sino el poder crudo y la furia concentrados en el simple acto de destruir a la bestia.

Por aquel entonces, le habían sugerido a Harry con delicadeza que dejase ir a Draco, pero él estaba resuelto a salvarlo. Lo habían llevado a San Mungo y le habían curado, pero todos sabían las dificultades que les esperaban a él y a Harry en el futuro. Ya que Harry nunca había hablado de ello antes, Hermione no tenía idea de la profundidad del sufrimiento que cada uno de ellos soportaba cada mes por el bien del otro. Sin embargo, cuando Harry había acudido a ella y le había rogado ayuda para encontrar una forma de liberar a Draco de su maldición, él le había contado la historia de forma estoica, y ella se había conmovido hasta el punto de implicar todo su considerable conocimiento y habilidades en la tarea.

Con la ayuda de Harry, había registrado tomos de licantropía, papiros de runas antiguas, libros de hechizos, y diarios de otros investigadores. Le había llevado varias semanas pero, al fin, a mediados de Diciembre, Hermione pensó que había llegado a la solución. Con la voz temblando con una combinación de emoción e inquietud, le había hablado a Harry de un ritual con plata y runas, acónito y hechizos, amor y confianza y fortaleza. Harry se había aferrado a aquella pequeña esperanza de inmediato, sólo para que Hermione le diese una dosis de realidad insistiendo en que el ritual estaba más cerca de liberar a Draco de todas las preocupaciones mortales, y no sólo de la maldición de hombre lobo que arrastraba.

—Tengo que intentarlo, Hermione —dijo Harry, con tono áspero—. No importa el resultado. Draco no puede seguir viviendo así y… y es egoísta por mi parte pedírselo —levantó un rostro bañado en lágrimas hacia ella—. Estarás allí para mí, ¿verdad? ¿Después de que…?

—Harry, ¡por supuesto que estaremos! —exclamó Hermione, con el corazón rompiéndosele por él—. Siempre estaremos allí para ti, pase lo que pase. Para eso están los amigos, y la familia —siguió sosteniéndole en un cálido abrazo, simplemente estando allí para él hasta que el temblor de Harry disminuyó, y se enderezó con renovada determinación.

—Explícamelo de nuevo —le pidió.

 


~*~

 


20 de diciembre… ésa era la fecha en la que Harry se había concentrado. Quedaba muy poco para Navidad, y lo que era aún más importante, era la noche de luna nueva, cuando la dolencia de Draco estaba en su punto más débil. Si el ritual iba a tener éxito de alguna manera, sería en ese momento.

Draco había notado algunos cambios en Harry. Su amante picoteaba la comida, y había perdido peso. Había círculos oscuros bajo sus ojos, y pasaba una exorbitante cantidad de tiempo en compañía de Granger. De noche, sin embargo, la forma en que Harry le hacía el amor podía dejar a Draco sin aliento. Nunca se había sentido tan querido, tan amado.

Así que fue en una estrellada noche a finales de diciembre, mientras yacían desnudos y entrelazados en la cama, cuando Harry dejó de besarlo y acariciarlo para sugerirle un poco de bondage ligero, y Draco aceptó sin reparos. Dejó que su amante lo atase, de manos y pies, a los cuatro postes de la cama.

Harry usó cuerdas de seda, suaves contra la piel de Draco, pero fuertes e irrompibles. Sólo esperaba que los postes de la cama aguantasen. Dejando escapar una temblorosa bocanada de aire, salió de la cama para ir por las cosas que iba a necesitar, ignorando las súplicas de voz ronca de Draco para que volviese. Colocó la mesa cerca de la cama y colocó la caja sobre la mesa con cuidado.

—Estás planeando ponerte un poco pervertido, ¿eh? —dijo Draco con una gran sonrisa, probando la firmeza de las ataduras con ligeros tirones.

Harry tragó con dificultad, y entonces reunió coraje, esbozó una tambaleante sonrisa en la cara, y se giró hacia su amante. Se inclinó y besó a Draco con suavidad, con gentileza, vertiendo todo el amor que sentía en ese sensual deslizar de labios. Dejó de besar al rubio para enterrar su rostro en la curva de su cuello, inhalando el aroma de su amado y permitiéndose calmar sus nervios.

Harry se sentó de repente, con una expresión desconcertantemente sobria, y levantó una temblorosa mano para acariciar el firme abdomen de Draco con una caricia de las yemas de sus dedos.

—Sabes que te quiero, ¿verdad? —preguntó, con la voz suave.

Draco sintió un escalofrío de alarma tintinear en su columna, pero respondió sin dudarlo.

—Sí, yo también te quiero.

—¿Confías en mí? —preguntó Harry, buscando sus ojos y sosteniendo la mirada de Draco.

Sintiendo la seriedad de la pregunta, Draco respondió una vez más con un firme “Sí.”

Harry dejó escapar su aliento contenido y bajó la cabeza.

—Entonces perdóname por lo que estoy a punto de hacer —susurró. Apartándose de Draco, abrió la caja y extrajo una daga ritual con la hoja de plata.

Draco sintió un nudo frío en su estómago.

—¿Harry? —preguntó despacio. No le tenía miedo a la muerte, anhelándola tan a menudo como lo hacía, y el morir a manos de Harry era quizás la mejor forma en la que podía imaginarse que sucediese. Sin embargo, no quería que Harry acarrease la culpa de haber acabado con su vida, pues sabía que estaba tan ansioso por matar a su amante como de hundir esa hoja de plata en sí mismo. A menos que…

—¿Harry? —preguntó Draco de nuevo, con más urgencia esta vez, horrorizado ante el pensamiento de Harry matándolo y luego enterrando la hoja en su propio corazón—. Prométeme que lo olvidarás todo sobre mí y que encontrarás a alguien más que te haga feliz.

Harry se ahogó. Sólo Draco podía llegar a la conclusión de que Harry planeaba matarlo y luego suicidarse en un estado de desesperación.

—Estúpido y hermoso tonto —murmuró, una vez más acariciando a su amante con suavidad—. Te he pedido que confíes en mí.

—Y eso hago —dijo Draco con tono áspero, incapaz de contener su ligero temblor—. Confío en ti, Harry.

—Entonces prométeme a mí que me perdonarás… por la mañana —suplicó Harry, con los ojos llenos de angustia.

Y, de repente, Draco lo entendió. Harry, su querido Harry, esperaba que lo que estaba a punto de hacer terminase con la dolencia de Draco, pero parte de él dudaba que Draco sobreviviera a aquella noche. Harry estaba pidiendo más que la simple seguridad de que Draco le perdonaría: le estaba pidiendo que sobreviviera.

—Lo prometo —juró, con la convicción sonando en su voz. Draco no tenía duda que perdonaría a su amante, sin importar si veía el nacimiento de un nuevo día o no.

Harry asintió solemnemente, cogió la daga, y comenzó el ritual.

 

~*~

 

Harry se despertó despacio. Los débiles rayos de sol empezaban a filtrarse a través de las ventanas, y era consciente de los ojos arenosos y la cabeza palpitante. De repente, los recuerdos de la noche anterior entraron en tropel, y se sentó con un sobresalto, su mente pensando a mil por hora. No había sido su intención quedarse dormido, pero la noche le había pasado factura. Los gritos de Draco habían sido casi insoportables, y el dormitorio aún tenía el perfume cobrizo de la sangre, el empalagoso aroma del incienso, y la acidez del acónito. Harry no tenía idea de cuál de los dos había derramado más lágrimas durante el ritual, pero sabía cuál de los dos había rogado más. Había rogado por el perdón y la comprensión de Draco a través de la noche, a pesar de que su amante no había pedido piedad ni una sola vez mientras soportaba la tortura en la que Harry lo había colocado.

El cuerpo de Draco estaba sobrenaturalmente pálido a su lado, y Harry levantó una temblorosa mano para acariciar el rostro de su amante. La piel de Draco estaba fría al tacto, y el corazón de Harry se saltó un latido cuando sintió la sangre cayendo de su propio rostro. Frenéticamente, deslizó sus dedos, bajando por la garganta de Draco, y los presionó en el hueco donde el pulso del rubio latía normalmente con calidez y vida.

¿Había sentido un latido? Harry cerró los ojos y rezó por un milagro.

Allí estaba de nuevo… un pequeño y débil pulso bajo sus dedos, y cuando Harry contuvo el aliento, Draco se movió con lentitud. Un sollozo subió por la garganta de Harry cuando tantas emociones lo bañaron: amor, y esperanza, y gratitud más que nada. Con cuidado, se acercó a Draco y se aferró a él, sin preocuparse por las lágrimas que estaban mojando el cabello de su amante.

—¿Harry? —La voz de Draco era un mero susurro.

—Estoy aquí, amor, estoy aquí —respondió Harry, sujetándole con más fuerza con un fiero abrazo.

—Te perdono —dijo Draco con voz áspera, y su cuerpo se relajó una vez más.

 

~*~

 

Durante los días siguientes, Draco fue recuperando las fuerzas poco a poco. Su voz, sin embargo, se quedó como un susurro ronco, y Harry se desesperó al no saber si alguna vez volvería a la normalidad. Draco le aseguró que la pérdida de su voz era un pequeño precio a pagar por salvarlo de su aflicción. Había pasado de sorber caldo a comer otros alimentos suaves, especialmente helado, para calmar su garganta dolorida. Harry se había negado a que Draco se aventurase a salir de la cama los primeros días, pero ahora se le permitía reclinarse en el sofá de la sala de estar. Hermione había ido a visitarles, trayendo uno de sus perritos. Le habían engatusado para que saltara sobre el sofá, con Draco, y había reclamado contento un lugar en su regazo y disfrutado las caricias y rascadas que Draco le prodigaba. Harry y Hermione contemplaron la escena con lágrimas de felicidad, ya que los perros habían reaccionado de forma bastante violenta ante Draco antes del ritual, sintiendo el hombre lobo que llevaba dentro.

La mañana de Navidad amaneció fresca y soleada. Draco se negó a que Harry le ayudara, y lo echó del dormitorio mientras rescataba de un estante del armario la estrecha caja que contenía el regalo de Harry.

Harry se sentó en la sala de estar, esperando la llegada de Draco con nerviosa anticipación. Cuando el rubio finalmente salió del dormitorio y bajó arrastrándose por el pasillo, Harry pensó que su corazón se quemaría del amor que sentía. El rubio aún estaba en pijama y envuelto en una sábana calentita. Su cabello rubio estaba despeinado, pero sus ojos estaban brillantes y felices.

Dejándose caer en el sofá junto a Harry, Draco se inclinó y besó a su amante, para luego sentarse con una sonrisa petulante y extraer la caja de entre los pliegues de su sábana.

—Feliz Navidad —susurró, alcanzándole el regalo a Harry.

Harry lo aceptó, y empezó a desenvolverlo con cuidado. Draco debía de haberlo comprado antes del ritual, porque ninguno de los dos había dejado su hogar desde esa noche. El envoltorio cayó, y Harry abrió la caja del joyero para revelar el pendiente de oro deslumbrante que Draco le había regalado.

—Es precioso —dijo.

—Permíteme —dijo Draco con voz áspera, yendo a por el pendiente e indicándole a Harry que se girase. Harry se dio la vuelta y dejó que Draco deslizase la cadena por la parte posterior de su cuello, y entonces miró hacia abajo para admirar la cabeza de león intrincadamente forjada que ahora descansaba sobre su pecho.

—Gracias. Es perfecto —dijo Harry, acariciando la mejilla de Draco y depositando un ligero beso en sus labios. Incorporándose con una sonrisa, añadió: —Yo también tengo un regalo para ti.

Draco negó ligeramente con la cabeza.

—Lo de la otra noche fue regalo suficiente —protestó.

—¿Debería darle esto a algún otro, entonces? —le picó Harry. Su tono era risueño, pero sus ojos estaban abiertos y le miraban con seriedad cuando sacó una pequeña caja cuadrada de entre los cojines del sofá y se la presentó a Draco.

Draco notó el ligero temblor de la mano de Harry y la expresión ansiosa de su rostro, y sintió un temblor que respondía bailando en sus nervios. Tomando el regalo, lo desenvolvió con manos de repente temblorosas y descubrió una caja de joyería de forma sospechosa. Al abrir la caja, sacó una caja más pequeña, cubierta de terciopelo. Sin apenas atreverse a respirar, Draco levantó la tapa. Dejó escapar lo que quedaba de aliento en sus pulmones en una expresión de sorpresa.

Colocado sobre el mullido cojín había un anillo. Era una alianza simple, sencilla, a excepción de unas hermosas serpientes y leones grabados en él. Una alianza simple… una alianza sencilla y de plata.

Draco estaba abrumado por lo que aquello implicaba. El anillo obviamente representaba una responsabilidad pero, además de eso, el hecho de que Harry le hubiera comprado un anillo de plata antes de llevar a cabo el ritual lo decía todo acerca de su fe y su determinación, y Draco descubrió que apenas podía ver por las lágrimas que llenaban sus ojos.

Con ternura, Harry secó con una caricia la humedad que escapaba de los ojos de Draco. Acarició la cara de Draco suavemente con ambas manos.

—Draco Malfoy, ¿me harías el honor de casarte conmigo?

 


Fin



 

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