Pairing: Snarry

Ubicación original

Rating: G

 

 

—¡Eso es tener mala suerte, Harry! —se compadeció Seamus cuando Harry pasó a la sala común por la puerta del retrato—. La última lección del trimestre, y el Cretino Grasiento te tiene que poner un castigo. Claro, que ése no reconocería al Espíritu Navideño aunque corriera hacia él y le pateara ese culo huesudo...

—Fred y George intentaron enviarle Pasteles de Carne Explosivos el año pasado —dijo Ron—. Pero él les echó una maldición de olvido. A los pasteles, no a Fred y George —agregó, viendo la mirada horrorizada de Hermione—. ¿Ves?, es tan jodidamente paranoico que no podemos ni gastarle una broma.

—Creo que aprendió a evitar las bromas hace mucho —dijo Harry.

Ron se encogió de hombros.

—Ya, bueno. No debería haberte castigado en la última clase. Ni siquiera fue culpa tuya. Tu bilis de armadillo estaba rancia, ¿y cómo demonios se suponía que ibas a saberlo? Esa cosa es asquerosa incluso cuando está fresca.

—El color cambia, Ronald —dijo Hermione—. Harry debió haberlo comprobado en vez de limitarse a echarla.

—Estaba enfadado con él por meterse con Neville otra vez —dijo Harry—. Sé que debería haberlo comprobado, pero si no lo hubiese tirado en el caldero, se lo habría tirado en toda la cara cuando metió la nariz en lo que yo estaba haciendo. De todos modos, esperaba que él estuviese tan podrido como siempre, incluso si es mi última noche con vosotros. No esperéis que vuelva temprano.

Harry se quedaba en Hogwarts durante las vacaciones de Navidad, lo que no era inusual en él. Ron iba a irse a su casa a una maravillosa y cálida familia navideña y Hermione iba a volver con sus padres, pero para Harry la mejor opción siempre era Hogwarts. Incluso si significaba pasar tiempo con sólo profesores a modo de compañía. Muy pocos estudiantes habían firmado para quedarse, y los pocos que lo habían hecho eran o de Slytherin o mucho más jóvenes que él. Y pasar tiempo con profesores era muy incómodo, a menos que fuese Lupin (quien, de todos modos, ya no estaba allí). Y significaba que podría encontrarse con Snape durante las fiestas, y eso sería raro. Snape obsesionaba a Harry tanto como Harry parecía molestar a Snape, y lidiaba con ello evitando al hombre tanto como le fuera posible. Pero no había forma de evitarlo esta noche.

Harry se acercó al aula en el calabozo, refunfuñando para sí mismo a cada paso que daba. ¿Cómo podía sentirse cálido, alegre y navideño con la perspectiva de un jodido castigo en el aula de Pociones? No se encontró a nadie en los pasillos; presumiblemente, los Slytherin estarían pasando la última acogedora tarde haciendo lo que fuera que los Slytherin hiciesen juntos, a pesar que Harry no podia imaginárselos jugando a juegos de mesa, ni a mímica, ni al snap explosivo. Ni cualquier cosa normal. Probablemente pasaban el tiempo haciendo comentarios sarcásticos e intentando probar que eran mejores que cualquier otro. Tampoco se había cruzado con Peeves por el camino. Parecía como un pasaje encantado a la reunión de esa noche con su némesis, y eso lo ponía incluso más inquieto.

La puerta del aula estaba entreabierta. Harry la empujó mientras entraba.

—Cierre la puerta, Potter, y venga aquí. Tengo trabajo para usted.

—Encantador —murmuró Harry, cuando su espalda se giró hacia Snape para cerrar la puerta.

Snape, al parecer, tenía un oído excepcional

—Pretendo que consiga que el aula esté encantadoramente lista para las fiestas, Potter. Ésa será su tarea de esta tarde. Puede empezar fregando las mesas. No quiero encontrar los bancos de trabajo decorados con extrañas formas de vida. Un año, muchos mohos y fungi pasados por alto brotaron y cuando el aula fue reabierta en Enero la mitad de las mesas parecían jardines de bonsáis. Usted fregará, con copiosas cantidades del Removedor Mágico de Desastres de la señora Scower, cada superficie de trabajo de esta aula, prestando particular atención a ranuras e imperfecciones causadas por un uso descuidado del cuchillo a lo largo de los años —Snape señaló con un dedo largo y huesudo a una de las ofensivas marcas en el escritorio junto al que estaba de pie Harry, para mostrarle exactamente de qué hablaba—. Se sorprendería ante lo que se puede esconder en esas ranuras, Potter —el tono de Snape era particularmente ominoso, como si peligrosas formas de vida mágica pudiesen invadir su aula y no sólo unos cuantos hongos—. Por lo tanto, se asegurará de que cualquier cosa que esté acechando en esas marcas pueda salir facilmente, de modo que logremos dormir seguros en nuestras camas durante las fiestas en el seguro conocimiento de que nada sobrenatural está creciendo en la madera de nuestros escritorios. ¿Está su tarea clara para usted, o le gustaría que le hiciese un diagrama?

—Quiere que friegue la superficie de las mesas. Sí, lo entiendo —cuando Snape le lanzó una mirada de advertencia, agregó—: Señor.

—Quiero que haga más que fregar. Quiero esas superficies esterilizadas para que sea seguro abandonarlas durante el período festivo. Ahora, adelante con ello.

Harry salió dando pisotones hacia el área de limpieza y trajo trapos, un cepillo de cedras duras para fregar, una botella casi llena de la señora Scower, y un balde de agua cálida y jabonosa. Quizás hizo sonar el balde un poco en el fregadero, pero no era culpa suya si Snape era muy sensible al sonido, y le gruñó para que tuviese cuidado. El Cretino Grasiento estaba particularmente malhumorado esa noche. Seamus debía de haber estado en lo cierto, el hombre no mostraba la más minima molécula de ese sentimiento especial llamado “espíritu navideño”.

El Removedor Mágico de Desastres de la señora Scower era eficiente en su tarea, y Harry, como se le había dicho, usó copiosas cantidades. Había un horrible montón de marcas en los bancos y Harry se encontró casi simpatizando con la opinión de Snape de los que manejaban los cuchillos. El brazo derecho le dolía para cuando terminó con las superficies de trabajo. Se detuvo, se pasó la parte posterior de la muñeca por la sudorosa frente, y miró a Snape.

—He terminado, señor.

Snape se había pasado el rato jugueteando con botellas y tarros. Harry no sabía si los estaba poniendo en orden, juzgando si necesitaba reemplezar los contenidos, o sólo satisfaciendo algún extraño impulso de manipular ingredientes de pociones. El hombre puso un pesado tarro de vidrio, que parecía contener tentáculos de calamar, de nuevo en el estante con un aburrido golpe seco. Se giró y fue hacia Harry, observando de cerca a los bancos mientras pasaba.

—Eso parece… satisfactorio —dijo Snape, obviamente de mala gana—. Las superficies de las mesas deberían sobrevivir su período de desuso durante el completamente innecesario y nauseabundo receso que es Navidad. Ahora, tienes que hacer lo mismo con mis calderos de demostración. —Snape señaló a una fila de calderos de hierro frente a su escrtorio. Variaban en tamaño desde el tamaño seta hasta los absolutamente enormes.

—¿Todos ésos?—preguntó Harry, horrorizado.

—Por supuesto, chico idiota. He usado todos y cada uno de ellos durante este trimestre. Han sido limpiados con hechizos, pero ahora es el momento de aplicarle algo de su famoso entusiasmo Gryffindor en forma de grasa de codo. Quiero que estén inmaculados antes de dejarlos.

Harry suspiró y empezó con el más pequeño. En realidad no estaba ansioso por limpiar los calderos, pero al menos podía tomar los primeros y sostenerlos en su regazo mientras frotaba y pulía. Cuando estaba frotando el segundo, la campana de toque de queda sonó—. Hum, señor, es el toque de queda.

—¿En serio? Qué inusual —se burló Snape—. ¿Y qué pasa con eso?

—Bueno, debo volver a mi dormitorio, señor.

—¿Ha terminado todos los calderos? —El rostro de Snape estaba lleno de satisfacción, sabiendo que Harry posiblemente no habría podido hacerlo.

—Hum, no.

—Entonces no, no se puede ir. Termine el trabajo y si ha hecho un esfuerzo satisfactorio me aseguraré de que regresa ileso a su dormitorio.

Harry suspiró y continuo con su fregar. Si no regresaba pronto se perdería el pasar tiempo con Ron y Hermione antes de que se tuviesen que ir mañana. Snape lo estaba haciendo a propósito, estaba seguro de eso.

Para cuando Harry se paró frente al ultimo caldero de la fila —el enorme— estaba sudoroso, cansado y había perdido cualquier entusiasmo que pudiera haber tenido al principio. Agitó la botella de Señora Scower y la encontró vacía, y juró entre dientes.

Snape, por supuesto, lo escuchó.

—¿Qué es eso tan horroroso, Potter, que lo obliga a murmurar blasfemias?

—Me he quedado sin Señora Scower, señor. ¿Debería dejar este caldero? —Era una esperanza vana, pero Harry tenía que intentarlo. Si Snape tenía una onza de piedad lo dejaría ir; debía de ser cerca de la medianoche.

Snape bajó con fuerza una caja en la que había estado echando una mirada. Giró y avanzó a zancadas por el aula hacia Harry, con la tunica ondeando, y su rostro torcido en una mueca de burla que le decía a Harry con claridad que no había una onza, ni siquiera un gramo de piedad que viniera de esa fuente.

—¿Qué pasa contigo, muchacho? ¡Desde que empezaste esta tarea no has hecho más que intentar escabullirte de ella! No, no dejarás este caldero. Es el más grande y el más importante. Necesito que esté limpio para Navidad. Si la gente insiste en que la vida haga un alto en esta miserable época, cerrando tiendas, escuelas y virtualmente cualquier actividad que no es una loca pérdida de tiempo, deben estar preparados para trabajar por adelantado...

Harry retrocedió ante el ataque que Snape enfatizaba con repetidos empujones de su huesudo dedo en el pecho de Harry.

—Pero no tengo limpiador —se quejó, sabiendo que sonaba como un llorica.

Los ojos de Snape relampaguearon. Realmente parecía impresionante, amenazante, ondeante, gritón y en general terrorífico. Harry se alarmó al descubrir, como lo había hecho en los últimos meses, que le gustaba bastante.

—¡Entonces encuentre una alternativa! —La voz de Snape estaba llena de impaciencia cuando habló—. El cuarto de la limpieza está lleno de objetos destinados a hacer de la limpieza un asunto simple. Confío que será capaz de leer las etiquetas.

Harry se dio prisa en volver al cuarto de la limpieza.

—Sí. Señor —dijo, pero parte de él quería decir miserable y sarcástico bastardo. Es Navidad, pero por supuesto que tiene que tener una vendetta contra eso. Está bien, si quieres ser un miserable cabrón, puedes. ¿Pero por qué simplemente no me dejas ir? No dijo una palabra de eso, sin embargo, sabiendo que si lo hacía nunca saldría de allí en una pieza.

En el cuarto de la limpieza echó una buena mirada a los estantes. Había filas y filas de viejas botellas de esto y aquello en diferentes colores y una inmensa variedad de formas y tamaños, todas cubiertas en polvo. Harry había asumido que eran inútiles —y probablemente lo fuesen—, pero tenía que elegir algo para fregar el maldito caldero. Snape estaría observando y tenía que hacer que la limpieza luciese convincente. Empezó a tomar botellas y a descifrar etiquetas viejas y manchadas.

Pulidor de plata Glitzo… Removedor de Manchas Pegajosas: ¡no más pegamento!... AceIte de Teca: alimenta la madera… No era una maravilla que no hubiesen sido usadas en un tiempo; a Harry le parecían inútiles. Se estiró hacia la parte posterior del estante, donde había una pequeña botella. No parecía prometedora; era marrón con una escritura débil y dorada. Harry bizqueó y se las arregló para descifrar Pulidor Magnético de Metales, ¡Limpia por el Poder del Magnetismo! ¡Hace Atractivos Todos Sus Metales! Eso debía de ser el mal menor. Al menos limpiaba metal ordinario, y el caldero estaba hecho de hierro. Se lo llevó de vuelta al aula y se colocó frente al escritorio de Snape de nuevo.

Snape seguía echándole una mirada a sus suministros. En serio, pensarías que el hombre tendría algo mejor que hacer con la Navidad tan cerca. ¿Daba cerebro de sapo en polvo como regalo de Navidad? Harry no podía pensar en nadie que fuese amigo de Snape, a menos que contases a Lucius Malfoy. Ahora que lo pensaba, parecía el recipiente ideal para un paquete de cerebro de sapo.

Harry espió las profundidades del enorme caldero de hierro. Por mucho que odiase admitirlo, Snape tenía razón. Los hechizos limpiadores nunca parecían alcanzar cada gota de poción restante. Harry podía ver un anillo donde la última poción había sido preparada. Derramó algo del limpiador en un trapo y empezó a frotar.

Harry notó entonces los más extraños sentimientos. El caldero parecía sonar con una nota como una campana de iglesia, pero Harry no estaba seguro si era un sonido real (Snape no reaccionaba) o si sólo estaba en su cabeza. Fue a frotar otra parte, y se encontró con que no podía mover la mano izquierda, que todavía estaba agarrada con fuerza al borde del caldero.

—¿Qué...?

Como a cámara lenta, vio que Snape empezaba a girarse. Al mismo tiempo, movió su mano derecha, dejando caer el trapo y agarrándose al borde del caldero para intentar liberar el agarre de la izquierda. Antes que Snape dijese una palabra, Harry se encontró apresado. Por ambas manos. El color escapó de su rostro, y luchó por liberarse.

—¿A qué está jugando ahora, Potter? Está retorciéndose como un nido de salamandras peruanas...

—¡Estoy atrapado!—gritó Harry, molesto al notar un borde de pánico en su voz. No quería que Snape pensara que era un asustadizo niño pequeño.

—No sea tonto. ¿Cómo va a estar atrapado? ¡El caldero no estaba lleno de pegamento! Apenas había quedado una marca en él.

Entonces, ¿por qué querías que lo limpiase?

—Sí, señor, lo sé. Pero algo ha pasado cuando lo he frotado con el trapo...

—¿Qué es, un Aladino de última hora? No puede estar atrapado —insistió Snape, y agarró los hombros de Harry para tirar hacia atrás.

—¡Ow! ¡Pare! ¡Ya le he dicho que estoy atrapado! —chilló Harry. Snape casi le había dislocado los brazos. Sus manos habían quedado atascadas en el caldero de hierro, que era tan grande y pesado que no se había movido cuando Snape tiró.

Snape dejó escapar un extraño sonido, algo como un gorjeo estrangulado. A Harry no le gustaba del todo ese sonido.

—¡Potter! ¡Ahora yo también estoy atrapado! Si esto es una broma, ¡le haré arrepentirse del día en que nació!

—¿Qué? ¿Cómo puede culparme? Usted me ha hecho coger esta cosa y trabajar en este caldero.

—Es usted un insulto al idioma inglés, Potter. ¿A qué se está refiriendo con el dolorosamente inexacto término “cosa”?

Los gritos de Snape hacían que el pelo en la parte posterior de la cabeza de Harry volase cada vez que el hombre despotricaba. Eso, y el hecho de que sus brazos estaban empezando a sentirse muy lejos de estar cómodos atrapados frente a él, le hizo ladrar en respuesta.

—¡Esta antigua cosa de limpieza que me ha dicho que traiga! —Señaló con la cabeza hacia el suelo, donde estaba la lata de Pulidor Magnético de Metales, ¡Limpia por el Poder del Magnetismo! ¡Hace Atractivos Todos Sus Metales!, con aspecto decepcionadamente aburrido.

Snape estiró la pierna y enganchó la lata con su bota, arrastrándola hacia sí. Miró hacia abajo enojado y se las arregló para leer algo del título del producto.

—¡Magnetismo! ¿Por qué demonios ha elegido eso? Este es un caldero de hierro, imbécil.

—Bueno sí, lo sabía —gruñó Harry—. Obviamente. Pero eso no explica por qué no puedo soltarlo, ¿o sí? Ni por qué usted no puede soltarme. No estamos hechos de metal.

Snape tuvo que conceder que el mocoso tenía un punto, pero no iba a decirle eso.

—Sin embargo, este pulidor parece tan viejo como el castillo. Sus propiedades obviamente no iban a ser confiables. Y tú, en tu infinita sabiduría, vas y lo usas en un caldero que contiene los restos de una poción de cuyas propiedades no tienes conocimiento.

—Bueno, ¿qué había en este caldero? —preguntó Harry, molesto.

Snape olfateó y murmuró algo en la nuca de Harry.

—¿Qué?

—¿Dónde están sus modales, Potter? Te dirigirás a mí como “señor” siempre que hables.

Harry puso los ojos en blanco. Snape era una pesadilla.

—¿Qué, señor?

—No me acuerdo.

Harry quiso echarse a reír. A pesar de la ridícula situación en la que estaba —o quizás justamente a causa de ella—, quería reírse en voz alta ante la noción de que Snape no podía recordar qué era lo último que había preparado en este caldero monstruoso. Pero aún tenía el suficiente sentido común para no hacerlo.

Snape había empezado a hablar de nuevo.

—Creo que lo que debe de haber pasado es que la reacción entre su enfermiza elección y la poción que quedaba en este caldero crearon alguna clase de Poción Magneto, que es una preparación poco usada estos días, pero útil para…

Harry tuvo que interrumpir a Snape antes que le diese una clase de historia, método y uso de la Poción Magneto que honraría un artículo de la Enciclopedia de Pociones.

—¿Poción Magneto? ¿Cuánto dura? ¿Estamos atrapados aquí para siempre?

—Por Merlín, muchacho, no empiece a entrar en pánico —gruñó Snape, distrayéndose con éxito de su tesina—. No quedaba lo suficiente en ese caldero para durar mucho más que uno o dos minutos. Sólo quédese quieto y cálmese, se aflojará en un santiamén.

Harry se quedó algo aliviado. Snape debía de saber. Pero Snape no había recordado de qué poción eran los restos que habían reaccionado con el pulidor, así que, ¿qué sabía él? Pero Harry sólo había limpiado un poco, realmente no podía ser tan horroroso. Snape debía tener razón, sólo un minuto o dos…

 


~*~


—Llevamos horas aquí atascados —gruñó Harry—. Y el toque de queda hace mucho que pasó. Y está empezando a hacer frío.

—¿Tiene que seguir quejándose? Es cuestión de esperar que pase el efecto, eso es todo. Esperar, Potter, no es su fuerte, como he podido apreciar. Pero quejarse cada dos minutos no es de ayuda, así que cállese.

—El tema es que… No me puedo quedar mucho aquí —dijo Harry.

—¿No puede…? No tiene elección, y yo tampoco. Gracias a su estupidez ambos estamos atrapados aquí hasta próximo aviso, como un par de desafortunados hermanos siameses.

—Pero necesito… —Harry murmuró algo ininteligible.

—¿El qué?

—Necesito orinar —Harry quería que el suelo de piedra se abriese y lo tragase. Ya era suficientemente malo tener que admitir frente a Snape que tenía una vejiga, una vejiga que ahora estaba dolorosamente llena, pero pensar en cómo se podía manejar esta situación estaba más allá de él. Se estaba sonrojando, mortificado.

—Oh, Merlín, ¿qué más? —preguntó Snape—. Eres la más torpe criatura a la que he tenido el displacer de intentar enseñarle. ¡Me creas más problemas que un aula llena de Longbottoms!

—¡Bien! —estalló Harry, molesto. Esto no estaba ayudando—. Llámelo talento, si le gusta, pero sólo dígame cómo voy a liberarme de mi problema sin mojarme.

—He sido reducido al nivel de un consejero de continencia del más molesto, del más…

—¡Por favor, señor! Tengo que ir —insistió Harry. Ciertamente, Snape tenía el molesto hábito de irse por las ramas despotricando cada vez que pasaba algo—. Quizás podamos ir al baño, arrastrando con nosotros este caldero.

—¡Por Merlín, Potter! Seguramente habrá notado cuán pesada es esta maldita cosa. ¡Mire! —Snape procedió a tirar de los hombros de Harry de nuevo—. Intente moverlo.

Harry, cuyas manos estaban empezando a cansarse de estar en su posición de agarre sobre el caldero, intentaron tirar de todos modos. El caldero se movió casi una pulgada hacia él, raspando de forma ruidosa por las viejas losas hasta que llegó a la juntura entre dos de ellas y una de sus patas quedó metida con firmeza en la hendidura, rechazando moverse más en esa dirección.

—Verá… nos llevará un mes sólo cruzar el aula. El baño está fuera de nuestro alcance.

—Entonces, ¿qué puedo hacer? —gimió Harry, ahora más allá de la dignidad—. Realmente necesito orinar.

—Oh, espere —murmuró Snape. Deslizó sus manos en la parte exterior de los hombros de Harry hasta la parte superior de sus brazos. Intentó levantarlos, o deslizarlos de lado para perder el contacto con el cuerpo de Harry, pero no funcionó. Parecía que podía mover sus manos por el cuerpo del muchacho siempre y cuando mantuviese el contacto, como un imán deslizandose por una sperficie de metal, pero la atracción era demasiado fuerte para que se pudiese romper. Sin embargo, había sucedido que los dos estaban actuando como objetos de metal fuertemente magnetizados.

Severus empezó a deslizar sus manos bajando por la parte superior de los brazos de Harry, luego a los lados del muchacho, siguiendo los montículos y depresiones de las costillas —en verdad Potter necesitaba engordar un poco— hacia la parte superior de sus vaqueros.

—¡Hey! ¿Qué está haciendo? —la voz de Harry sonaban un poco chillona.

—Intentando retirar sus pantalones.

—¿Qué? ¿Por qué? —Harry definitivamente estaba entrando en pánico. ¿Snape le iba a quitar los pantalones? ¡No! ¡No debía! Esto era algo similar a algo salido de una espantosa pesadilla.

—Para que no los moje, por supuesto. ¿O quizás prefiera permanecer con su ropa empapada en orina?

—¿Quiere que orine en el suelo?

—Será mejor que en su ropa, seguro. Pero mire, hay un sumidero por allí en el otro lado del caldero, sólo a un par de pies. Si podemos ir hasta allí puede orinar por el sumidero y todos sus problemas se resolverán.

—Oh. Er… sí. Supongo que eso funcionará —pero, aún así, no le gustaba la idea de Snape desabrochándole los pantalones. Y el hombre tendría que bajarle su ropa interior también. De ninguna manera iba a dejar a Snape hurgar en la parte delantera y sacar su pene. De ninguna manera.

Snape había empezado a tirar de Harry hacia el drenaje, girando el caldero pulgada a pulgada mientras avanzaban. Era más fácil con las manos de Snape en sus costados, el hombre podía aplicar más presión a la tarea, pero Harry esperaba que no tardase mucho. Se arrepentía de haber bebido todo ese jugo de calabaza en la cena, y entonces Ron le había dado una cerveza de mantequilla que había guardado del último fin de semana en Hogsmeade justo antes que se fuese a detención. Ahora cada uno de sus movimientos causaba que su vejiga se moviese y enviase sacudidas de incomodidad urgente a su cerebro. Necesitaba ese sumidero, necesitaba ir…

—Aquí está. Ahora espere y deje que le quite esos pantalones.

Nadie en Gryffindor le creería si dijese que Snape había dicho eso. Obediente, Harry se quedó de pie y sintió las manos moviéndose hacia abajo de nuevo, por debajo de la línea de su cintura y después por el frente. Tembló cuando sintió esos diestros dedos buscando los botones. Snape estaba cerca de él, presionando contra su espalda para alcanzarlo, y estaba más cerca de lo que Harry había estado jamás del cuerpo del hombre. Y, entonces, Snape empujó su cadera hacia delante mientras empujaba hacia atrás con sus manos para poder alcanzar la abertura en los pantalones de Harry, efectivamente inmovilizándole entre la ingle de Snape y sus manos. Harry se sonrojó como una doncella.

Harry sintió que los botones se abrían y entonces Snape estaba empujando sus pantalones hacia abajo. Harry se movió para ayudar a la fuerza de la gravedad y los pantalones quedaron a la altura de sus rodillas. Las manos fueron de inmediato hacia el elástico de sus calzoncillos. Harry gimió y se mordió el labio. Tenía que dejar que esto pasara porque sin importar si seguía teniendo puestos sus calzoncillos o no, en un minuto o dos su vejiga iba a rendirse en la lucha desigual y dejaría que todo fluyese.

Las manos tiraron del elástico y bajaron los calzoncillos. Harry cerró con fuerza sus ojos cuando el frío aire del calabozo lamió su pene. Snape no puede ver nada, no puede ver, estrá a mis espaldas…

—Bueno, ¿Qué está esperando? Está todo listo, Potter.

¿Pero cómo podía orinar Harry si sus manos seguían en el caldero? La orina correría por sus piernas y empaparía sus pantalones. Desesperado, empujó hacia atrás con el culo, forzando a Snape a dar un paso atrás y suprimir un gruñido. Al empujarlo contra el caldero se las arregló para deslizar sus piernas hacia atrás hasta que su cuerpo estuvo inclinado. Ahora podría orinar en el sumidero y, con suerte, esquivar sus ropas. Con un enorme suspiro de alivio se dejó llevar y un chorro de orina formó un arco y cayó en el sumidero.

Snape estaba sufriendo un tipo de tortura. Había tenido que tener cerca al muchacho para ser capaz de abrirle sus pantalones, había tenido que sentir la curva de la espalda de Harry, la firmeza de su culo, mientras se acercaba para ayudarlo. Había tenido que concentrarse con mucho esfuerzo para retirar los pantalones, y peor, los calzoncillos, sin tocar el pene o los testículos del muchacho. Habría sido agradable el deslizarse un poco, el fallar en eso, pero habría sido demasiado para él. Potter lo habría notado, y Severus tendría dificultad para parar, incluso si se lo pudiera explicar. Una vez que hubo tirado hacia abajo de los pantalones y los calzoncillos del muchacho, había sido mucho peor, porque el calor de ese pequeño y lindo culo estaba irradiando desde su propia ropa y llamaba a su pene largamente ignorado. Y entonces el provocador empuje de su culo hacia atrás, derecho a la ingle de Severus, y no pudo evitar el jadear cuando una sacudida de puro placer flotó de su pene hacia su cerebro, recordándole cuánto tiempo había pasado desde...

Harry sintió que el dolor se desvanecía mientras su vejiga se vaciaba. Bendito, bendito alivio. Suspiró cuando el chorro disminuyó y el flujo terminó.

—He terminado, señor.

—¿Qué es lo que quiere, una jodida medalla? —gruñó Snape mientras deslizaba sus manos hacia abajo, para tirar con brusquedad de las ropas de Harry hacia arriba, de nuevo.

Bueno, Snape seguía de mal humor, entonces. No es que Harry hubiese esperado algo diferente.

—¿No quiere ir usted, señor?

—¿Y cómo sugiere que logre esa hazaña con mis manos pegadas a su escuálido cuerpo?

—Hum… —Snape tenía un punto. Las manos de Harry estaban atrapadas en el caldero; Snape estaba atrapado en él. No había forma de desabrochar los pantalones de Snape. Harry quedó bastante aliviado al respecto.

 


~*~

 

—Me duelen las piernas.

—Deje de lloriquear, Potter.

 


~*~

 

—Me duelen las piernas, profesor.

—¿Vas a parar de hablar de tus piernas? No eres la única persona atascada en esta situación. Me podría quejar sin parar, pero no serviría a ningún propósito, excepto posiblemente el molestarte. Lo que, ahora que lo pienso…

Harry suspiró.

—Bien, me callaré —el alivio de quejarse no valía la pena si le iban a suministrar un sermón cada vez. Pero sus piernas estaban cansadas, era media noche y quería acostarse. Sentarse en un sillón agradable y acogedor frente a un rugiente fuego habría sido una segunda opción bastante cercana, pero Harry realmente deseaba su blanda cama en la Torre Gryffindor. No quería estar de pie junto a un caldero de hierro en el aula de Snape, que se sentía tan frío como el interior del congelador de su tía, con Snape respirándole en el cuello. Y no sólo de forma metafórica, además; Harry podía sentir soplar el aliento del hombre contra la parte posterior de su cuello, donde su túnica dejaba esa pequeña abertura justo antes de su cuero cabelludo.

¿Snape había estado respirando sobre él antes? Harry no lo creía. Y espera un minuto… La cabeza de Snape estaba descansando en él, Snape estaba descansando su cabeza en el hombro de Harry mientras su aliento soplaba sobre su cuello y eso le daba ganas de temblar… ¡Snape definitivamente no había estado haciendo eso antes! Harry no estaba seguro de poder lidiar con ello, esta situación era tan extraña. Snape estaba tocándolo de forma voluntaria. Por un rato, Harry olvidó los achaques y dolores en sus piernas.

 

 

~*~

 

 

—Señor, de verdad que no puedo quedarme de pie mucho tiempo más.

—¿Qué sugiere que haga al respecto, Potter?

—¿No nos podemos acostar?

—Es difícil… — Snape sonaba dubitativo—. El suelo es de piedra fría.

—Puede poner su capa debajo.

—…

—Quizás podamos empujar el caldero para que quede de lado, entonces sería fácil.

—Fácil —la voz de Snape era monótona, sonaba realmente reluctante. Harry no podía entenderlo del todo. Incluso el frío del suelo sería preferible a quedarse allí de pie en esa posición con sus brazos frente a él. Estaba bien para Snape, con los brazos relajados en la cintura de Harry, descansando su cabeza en el hombro de Harry.

—Por favor, Profesor.

Snape dejó escapar un gran suspiro que hizo que el pelo de Harry volase con la brisa.

—Si tiene que hacerlo, muchacho. Venga entonces, empújelo.

Empujaron y el caldero se movió. Se deslizó un poco por el suelo, pero no se inclinó.

—Muévalo conta su escritorio e intente de nuevo —sugirió Harry, determinado a acostarse.

Empujaron la monstrusidad de hierro contra el escritorio. Snape abrió el cierre de su capa con los dientes y la deslizó por los hombros, y entonces usó sus pies para arreglarlo en la mejor forma posible. Con eso hecho, aplicó algo de presión hacia delante y los costados en el caldero, que se tambaleó un poco antes de enderezarse a sí mismo.

—¿No puedes empujar más fuerte, muchacho? —gruñó Snape en el oído de Harry.

Harry quería reírse con socarronería, como un loco. Deseaba tener una grabadora de video Muggle —nadie se creería lo que estaba diciendo Snape..

Empujaron, con más fuerza. El caldero resistió. Parecía tener una mente propia, una mente propia muy torpe. Pero al final, con muchos gruñidos y esfuerzo, ganaron. Harry perdió el equilibrio cuando el caldero se inclinó de lado, siendo sostenido con rapidez por sus manos; Snape no tenía otra opción más que seguirlo. Terminaron en un extraño sándwich —el caldero estaba más cerca del escritorio, luego Harry, luego Snape. La capa de Snape estaba más o menos debajo de ellos y se movieron un poco para poder estar tan confortables como pudiesen. Aún así, el suelo de piedra era difícilmente bienvenido.

—Le dije que sería frío —gruñó Snape— y también duro —realmente, no estaba cómodo así, acurrucado tras Harry Potter, sin otra opción más que acercarse más al muchacho en busca de calidez. Su opinión anterior, que esto era una forma de tortura, había sido confirmada.

—No me importa —dijo Harry—. Mis piernas ya están empezando a sentirse mejor. Y mis brazos —agregó, dándose cuenta que estaba cerca del caldero y que podía doblar sus brazos por los codos y descansar mejor.

—Si esto sigue mucho más, ambos nos agarrotaremos —se quejó Snape.

—No durará mucho más, ¿o sí?

—Yo… no puedo asegurarlo —admitió Snape—. Si pudiese recordar la poción que preparé la última vez en este caldero, podría ser de alguna ayuda para adivinarlo. Pero incluso eso no sería nada más que una vaga estimación, y no tengo idea de la condición de ese menjunje que frotó en él.

—¡Pero todos se van a ir a casa mañana!

—No, Potter, no todos. Yo no, Albus no, Minerva no y —si recuerdo el memorándum de estudiantes que se quedan en la escuela— usted tampoco. A pesar de los eventos dados esta noche, estoy empezando a desear que se hubiese ido y que fuese Longbottom quien se quedase.

—No es culpa mía realmente, ¿sabe? —dijo Harry, despacio.

Snape no respondió.

 


~*~

 


La confusión de Severus continuó. Sí, tenía que admitir que el mocoso tenía razón después de todo, era más cómodo yacer allí como cucharas en un cajón, pero era más frío, había tenido razón al respecto. Sabía que tenía que acercarse más a Potter para conservar su calor corporal. Pero también sabía que era una mala idea… sólo una muy mala idea. Yació, resistiendo, tanto como pudo. Debió haber sido al menos media hora…

 


~*~

 


Minutos después, Harry sonrió al sentir que Snape se removía más cerca. El sarcasmo de Snape era menos efectivo, y lo bastante divertido, a tan corto alcance. Un minuto o dos después. Snape se abrazó incluso más cerca. Esa era la única palabra para eso —Snape estaba abrazando a Harry. Harry no dijo nada por miedo a molestar al hombre, quien decididamente estaba nervioso sobre todo esto. Ahora que el cuerpo de Harry estaba recuperándose —todos los dolores se habían ido casi por completo— no estaba tan preocupado. Siempre y cuando el magnetismo se desvaneciese antes de la hora del desayuno, estarían bien. Lamentaba no poder ver a sus amigos en su última tarde, pero se reencontrarían en Enero y Harry tendría una buena historia para contarles —cómo había domado a Snape acostándose en el suelo con él. Harry yació quieto, pero no pudo evitar sonreír.

Severus se había rendido. Era tonto resistir el anzuelo de la calidez de Potter —eso era todo, calor corporal, no había otras atracciones. Ahora que estaba abrazado tan cerca como era posible, el culo de Potter descansaba con dulzura sobre la ingle de Snape y el muchacho encajaba perfectamente contra él. Severus los había colocado tan cómodamente como le era posible, descansando su barbilla en el hombro de Harry, con su rostro enterrado en el hueco de su cuello. El pelo del muchacho le hacía cosquillas en su prodigiosa nariz, y se movió un poco para evitarlo. Potter estaba dormido —tenía que estarlo, no había forma de que el molesto mocoso pudiera estar en silencio durante tanto tiempo si estuviese despierto, porque se estaría quejando sobre algo entonces, o charlando al azar sobre algún tema estúpido, probablemente esos pestilentes amigos suyos.

Ninguno de los dos hombres notó que se quedaron dormidos. Era muy tarde, después de todo.

 


~*~

 

Severus se movió un poco; su cuerpo se había calentado de forma agradable y apreciaba su posición, tan ridícula como pudiera ser. Las cosas podrían ser peores, habría conocido peores destinos antes de hoy… sin pensar, Severus dejó caer un beso en la cabeza del aún dormido Harry.

Harry saltó un poco —no podía creerlo: ¡Snape lo había besado! Oh, Merlín, ¡Snape lo había besado! La mente de Harry no podía procesar el pensamiento. Se removió como un pez en la red y cobró conciencia acerca del hombre apretado contra su espalda, contra su culo…

¡Oh, no, ahora no! ¡Por favor, ahora no! Harry odiaba sus hormonas, especialmente por las mañanas. ¿Pero por qué se tenía que poner duro justo ahora, en brazos de Snape? Sólo era un beso… no un beso real, con bocas y todo eso. Snape sólo lo había… besado. Te besó, no hay manera que eso signifique otra cosa más que le gusta tenerte cerca.

Severus no podía creerlo. ¿Qué, en el nombre del Destino, lo había poseído? Había besado al mocoso, y peor, infinitamente peor, ¡Potter también estaba despierto! Y ahora el chico se estaba moviendo, frotándose sobre él, ¡y Snape sólo era de carne y hueso, maldición! Se estaba poniendo duro, y sabía, sólo sabía, que iba a ser más duro que duro, duro como el hierro del jodido caldero que los había atrapado aquí en esta ridícula situación. Severus gimió mortificado.

Harry había estado en lo cierto —Snape había querido darle el beso. El hombre estaba gimiendo tras él ahora y el pene de Snape se estaba endureciendo, presionando contra Harry, estaba tan duro que casi separaba las mejillas de su culo a través de sus pantalones. ¡Oh, Merlín! No había forma de que pudiera contarle esto a nadie, porque Snape fantaseaba y Harry estaba igual de duro, igual de necesitado. Su pene latió y deseó cualquier cosa que Snape le diese.

Hubo un crujido y un ruido chisporroteante. La cabeza de Severus se giró en redondo para mirar por el bosque de patas de escritorios hacia la chimenea situada a un lado del aula.

—Severus, ¿estás ahí? —la cabeza de Albus Dumbledore salió de la chimenea, pero pareció que no podía verlos.

—Estoy aquí, Albus.

—¡Qué extraño el encontrarte en tu aula! Lo intenté en tus habitaciones, sin éxito, y pensé que lo intentaría aquí por si acaso. No viniste a desayunar, lo que es más inusual en ti siendo el último día, y debo confesar que estaba un poco preocupado. Sé cómo te gusta ver a los niños salir hacia la estación.

Snape no pudo evitar una expresión de desdén. Oh, sí, le gustaba saludar a los mocosos para despedirse.

—¡Por aquí, Albus! Me temo que tengo un pequeño problema.

—¿En serio? Oh, caray. Yo también tengo uno. No consigo encontrar a Harry. Sus amigos estaban bastante disgustados por no poder verlo antes de que se fuesen en el Expreso.

Snape apretó los dientes. Siempre el mocoso antes que la congoja de nadie más. Lo que significa, vamos a buscar por todo el castillo al mocoso Potter, no importa que tú, un profesor, tenga un problema. Primero, lo primero. El pobre Harry debió de haberse ido deambulando de nuevo, incluso ahora debe estar asomando la nariz donde no debe. Snape acalló su voz mental. Harry estaba metiendo algo en donde no debía, pero no era su nariz.

La voz de Snape fue decididamente gruñona cuando respondió.

—Albus, puedo resolver tu problema si resuelves el mío. Baja a mi aula y ayúdame, y te ayudarás a ti mismo.

—Oh, ¿en serio? Eso suena bastante críptico. No puedo verte, Severus, ¿por qué estás acechando en una esquina?

—Sólo ven aquí, Albus. Todo será revelado —bueno, no todo, enmendó.

Hubo un ligero destello verde cuando Albus pasó a través del Flu.

—¿Severus?

—¡Por aquí!

Dumbledore caminó entre los bancos de trabajo hacia el escritorio del profesor. Allí, acostado frente a él, había una bestia sin duda extraña. Una entidad compuesta consistente en Harry Potter yaciendo en sándwich entre un gran caldero y Severus Snape. Albus tuvo que detenerse y observar por unos momentos para procesar lo que había visto.

—Albus, aprecio que la vista es singular, ¿pero serías tan amable de liberarnos? Ambos estamos muy tiesos —Snape podría haberse mordido la lengua. Potter, por supuesto, casi se ahogó al contener la risa.

—¿Liberarte de qué, mi querido muchacho?

—Aquí Potter se las arregló para tramar algún tipo de Poción Magneto usando un producto de limpieza caducado y los restos de la última poción preparada en este caldero.

—Fue un accidente, Profesor Dumbledore —dijo Harry, entre resoplidos de risa.

—¿Poción Magneto, Severus? Bueno, bueno…

—Sí, bueno, tú deberías ser capaz de despegarnos con un Encanto Desmagnetizador. ¿Sabes alguno, según presumo?

—No hay muchos de esos encantamientos, sabes —dijo Dumbledore de forma coloquial.

—Pero te sabes uno, ¿o no? —escupió Snape. Debería haber sabido que Albus le sacaría el jugo a cada onza de vergüenza de su maestro de Pociones.

—Déjame pensar… — el director frunció el ceño y se pasó el dedo por la barba de forma pensativa.

—Por favor, Profesor. Me muero de hambre —dijo Harry.

—Sí, ambos deben estar bastante incómodos. ¿Durante cuánto tiempo han estado así?

—Desde la detención de anoche —dijo Snape.

—Oh, caray. Eso es bastante. Deben de necesitar usar el cuarto de baño.

—Ya fui, pero el Profesor Snape debe necesitar ir —repiqueteó Harry. Severus gruñó, no necesitaba que la condicón de su vejiga tuviese publicidad. Y, de todos modos, no podía ir justo ahora, porque su traidor pene aún estaba duro, aún acunado con mucho gusto contra la espalda de Harry, aún tan feliz como no había estado en años.

—Ah, sí, lo tengo —dijo Dumbledore, sacando su varita—. Effringo Magneto.

Las manos de Harry cosquillearon. Contuvo la respiración y flexionó sus dedos firmemente agarrados, incluso a pesar de que no parecían querer moverse. Al mismo tiempo, Severus aflojó su agarre de la cintura de Harry, a pesar que no había sido displacentero y sus dedos no tenían prisa en hacerlo. A regañadientes, se alejó de la espalda del muchacho. Agarró su capa antes de levantarse, necesitaba esconder la evidencia de las debilidades de su cuerpo.

Albus observó de cerca, sin perderse la disconformidad de su profesor.

—Parece que fueron controlados por una atracción irresistible, mis muchachos.

Harry se rió y se levantó, mesajeando sus fríos miembros. Severus aún estaba poniéndose su capa. Harry Levantó una mano para ayudarlo.

—Soy bastante capaz de levantarme, Potter.

Harry resopló. Snape era realmente el maestro del doble sentido y Harry se preguntó por qué nunca lo había notado antes.

 


~*~


Los dormitorios Gryffindor estaban desiertos. Harry hurgó por sus estantes. Los regalos que ya había envuelto habían sido enviados o estaban bajo el árbol en el Gran Comedor. Pero quería darle algo a Snape. El hombre había sido una revelación. Ah… eso era. Un paquete de Corazones Derretidores, adorables chocolates con un suave centro de fondant. Ya que acababa de descubrir cuán humano era el hombre, Harry apostaría unos galeones a que a Snape le gustaban los dulces. Envolvió el regalo en papel brillante y rojo Gryffindor y agregó una cinta dorada, incapaz de arriesgarse a picar al hombre. Realmente, a Harry no le importaría pasar más tiempo con Snape. Quizás algunas lecciones especiales serían agregadas a su horario…

Escribió una tarjeta simple y la agregó al regalo: Feliz Navidad, Profesor Snape. Aún me siento atraído por usted. Harry. Mientras iba hacia el Comedor para poner el regalo bajo el árbol, sólo esperaba no estar yendo demasiado rápido.

 

 

~*~

 

 

Severus se sentó frente al fuego de su cuarto de estar. Había tenido que ir y pasar algo de tiempo en la ducha después de esa noche con Potter. Había pasado la noche con Potter, ¡qué pensamiento ridículo! Pero a pesar de la estupidez de la situación, a pesar de la incomodidad física, no había estado emocionalmente incómodo al estar con el chico. Parecía que allí había alguna atracción después de todo, bastante más allá del magnetismo.

 

 

~*~

 

 

Harry estaba a punto de bajar para desayunar en la mañana de Navidad cuando una lechuza parda aterrizó fuera de la ventana de la sala común. Picoteó con mucho ruido en el vidrio. Harry se apresuró, y el ave saltó dentro y flotó hasta una mesa; entonces extendió su pata hacia Harry. Harry desató el pergamino de la pata del ave. No reconoció a la parda, pero debía ser una felicitación de Navidad de uno de sus amigos. Abrió el pergamino:

Querido Harry:

Este pergamino está hechizado sólo para tus ojos. Apreciaría si mantuvieses esta información estrictamente en privado, al igual que el cambio en nuestra situación respectiva.

La contraseña para mis habitaciones privadas es Antimonio.

Feliz Navidad, Harry.

Severus.


Fin

 

 


 

Coméntalo en Planeta Slash

¿Alguna pregunta? intruderszine@yahoo.es

Intruders Slashzine