Ubicación original

(Servidor caído a--

fecha de 22/12/10).
Pairing: Snarry
  Rating: NC-17

 

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El baile de Navidad se había acabado hacía ya tiempo cuando Severus se permitió entrar en la biblioteca, con cuidado de no hacer ruido. Sabía que habría al menos dos truhanes que habían sido lo suficientemente locos como para intentar quedarse fuera de sus dormitorios después del toque de queda. Y aunque ya habían sido sorprendidos allí otras veces, sabía que no habían aprendido de sus errores. Lo intentarían de nuevo. Aquellos idiotas siempre lo hacían.

Un sonido apagado entre las pilas de atrás le hizo sonreír. Sí, habría puntos perdidos esa noche. Se deslizó hacia el ruido.

—Vamos, no deberíamos estar aquí. Nos meteremos en un montón de problemas si Snape nos pilla —dijo una voz con la risa tonta, claramente no muy temerosa de las consecuencias de sus acciones.

Realmente debería estarlo. Louellen Richken. Una Gryffindor de sexto año. Cada año se vuelven más insípidos y temerarios.

Esperó.

—Nunca creí que volveríamos aquí después de la última vez —dijo riendo Allen Henry, un Ravenclaw de séptimo. Tendrían que habérselo pensado mejor—. Además, probablemente está demasiado ocupado dejando que Potter se lo folle como para preocuparse por nosotros.

Aquél fue un giro sorprendente. Severus esperó un momento más, curioso.

—Euukk. ¿Por qué dices eso? —La señorita Richken sonaba bastante escandalizada ante la perspectiva.

—Todo el mundo sabe que dejan las habitaciones abiertas para el otro a cualquier hora de la noche.

Dos veces. Y no había sido tan tarde. Le había dicho a Potter que era una mala idea, pero, ¿cuándo lo escuchaba el imprudente Gryffindor?


—Pero no sabes seguro que estén haciendo eso
—la señorita Richken era una tonta poco imaginativa; obviamente, no podía visualizar a alguien de la edad de Snape teniendo sexo.

—¿Qué otra cosa van a hacer? ¿Jugar al ajedrez?

Severus contuvo una risa. Por casualidad, eso era exactamente lo que habían estado haciendo. Debía poner punto final a esa conversación antes de que fuera más allá. Pero atraparlos en el acto sería mucho más satisfactorio.

—Por la pinta que tienen los dos, estaría más dispuesta a creer eso.

—Oh, Potter no está tan mal. —Había una sonrisa maliciosa en la voz del señor Henry, que a Severus no le gustó en absoluto. Si no se ponían manos a la obra, tendría que poner fin a aquello en ese momento.

—Euukk. Es viejo y encima cojo.

—No hablemos más de ellos, ¿vale?

Severus les dejó empezar a ponerse cómodos, hasta que el sonido de besos húmedos y manos sobre la ropa empezó a oírse. Dio un paso en el espacio entre las dos estanterías de libros y encendió la varita con un silencioso Lumos.

—Señor Henry y señorita Richken, ¿les importaría explicarme por qué han encontrado necesario irrumpir en la biblioteca? ¿Otra vez? —Severus les sonrió fríamente. Aun en la tenue luz, pudo ver la conmoción y el horror en sus rostros.

Se arreglaron apresuradamente la ropa y se levantaron.

—¿Nada que decir en su defensa? Naturalmente. Veinte puntos menos a cada uno por estar fuera después del toque de queda. —Sus cabezas se levantaron ante eso, pero Severus no había acabado—: Cincuenta puntos menos cada uno por irrumpir en la biblioteca después de haber sido amonestados una primera vez. Y otros veinte puntos por indecencia pública.

Eso les hizo ruborizar a ambos.

—Eso son noventa puntos —protestó la señorita Richken.

—Sabe usted sumar, impresionante. Añada a eso una semana de castigos. Les sugiero a ambos que salgan de mi vista antes de que decida que he sido demasiado indulgente con ustedes. —Severus observó con satisfacción cómo salieron precipitadamente, cabizbajos y ruborizados.

—He visto que no has perdido tu toque —dijo Potter a sus espaldas, con la voz llena de diversión.

¿De dónde había salido Potter? Se estaba volviendo blando si le había permitido acercarse sigilosamente de ese modo.

—Llevas aquí el tiempo suficiente como para saber eso.

Después de su divorcio de Ginevra Weasley cuatro años antes, y una lesión que le incapacitó, Potter había dejado los Aurores y venido a Hogwarts a dar clase. Se rumoreaba que quería estar cerca de sus hijos. A pesar de su buena relación de compañeros de trabajo, no era un tema que él y Severus hubieran discutido.

—Cierto. Pero no te había visto en acción antes. Bastante impresionante —sonaba como si fuera un cumplido. Como profesor, Potter tenía la reputación de ser bastante estricto, aunque ni de cerca tanto como Severus.

—No habrías pensado eso si hubieras sido tú el receptor del castigo. —¿Por qué había sacado eso a colación? El Potter que se había convertido en adulto distaba tanto del niño, que Severus las había pasado negras conciliando a los dos.

Potter parpadeó y luego se rió.

—Puesto que han pasado más de veinte años desde que era yo quien lo recibía, eso ya no me preocupa.

—Cierto. Como te dije en su día, hemos sido imprudentes en nuestros encuentros. —Algo que era causa de preocupación, ya que Severus no quería interrumpir su relación con Potter. No era como si tuviera mucha gente con quien conversar.

Le había costado cinco años, contando desde el exterminio del Señor Oscuro, darse cuenta de que quizás le gustaría tener con alguien una charla que no estuviera relacionada con la escuela, o tomar un trago con alguien que no fuera un compañero de profesión. Había que reconocer que Potter era un compañero, pero tenían bastante historia compartida, aunque fuera algo de lo que rara vez hablasen.

—¿Pensaste que nadie se daría cuenta? Lo dudo mucho. Además, no es necesario que sea un secreto. —Potter parecía bastante indiferente ante el cotilleo. Es cierto que había pasado una buena parte de su vida ignorándolos.

Aunque sus encuentros eran inocentes, entendía pero que muy bien que algo pareciera exactamente tan importante como era.

—Iría en mi… en nuestro interés, tener más cautela.

—Difícilmente considero eso un problema. Ambos somos adultos. —A los treinta y nueve, Potter ciertamente lo era. Bastante espléndido, de hecho. Aunque nunca hubiera ganado mucha altura, sus hombros eran anchos y sus caderas estrechas. Todavía llevaba gafas, aunque ahora eran elegantemente cuadradas. Su famoso pelo indomable estaba casi domesticado, hasta la mitad de su espalda, y atado con una cuerda de cuero.

Severus le encontraba casi irresistible. Había que reconocer que encontraba a cualquier hombre, razonablemente limpio y con menos de cien años, interesante en algún modo. Antes de que Potter apareciera, sencillamente se había auto-convencido de que había abandonado toda forma de pasión. Qué equivocado había estado.

—El rumor no nos hará ningún bien a ninguno de los dos.

—Estoy seguro de que Minerva lo había oído antes. Me sorprende bastante que no lo hayas oído.

—Como he dicho, me preocupan las repercusiones que pueda tener sobre nuestra reputación. Creo que no querrías que tus hijos escucharan un rumor como ése.

Potter arrugó la boca. Tenía tres hijos en la escuela, cada uno en una casa distinta. Más sorprendentemente, ninguno en Gryffindor.

—Si fuera necesario, supongo que tendría que tener una charla con ellos. Por ahora, todo es una especulación. A menos que no quisieras que fuera así. —La sonrisa en el rostro de Potter era suficiente para fundir hielo.

En realidad no esperaba que Potter se ofreciera. No de ese modo. No obstante, Severus no iba a discutir su buena suerte. Inclinó la cabeza.

—Me gustaría eso.

—Me sorprende que accedas tan fácilmente. —Potter dio un paso hacia delante.

—¿Por qué no iba a hacerlo? —Severus no estaba seguro de querer a Potter como pareja para el resto de su vida, al menos aún no, pero estaba dispuesto a tomar lo que le estaba ofreciendo. Había pasado un tiempo jodidamente largo, y las ofertas que había tenido eran lejanas y escasas.

—Nuestra… —Tan poco elocuente como solía serlo de adolescente, Potter agitó una mano señalando el espacio entre ellos—. Nunca ha sido fácil.

—No. Pero al final creciste y te has convertido en un adulto aceptable.

—Cierto, igual que tú. —La expresión de Potter decía quizás que ése no era el tema que debían estar discutiendo si querían continuar siguiendo el anterior.

Era receptivo a eso. Esta vez, fue él quien dio un paso adelante y puso una mano sobre el brazo de Potter, sacudiendo la cabeza.

—¿Te acompaño a tu habitación?

—¿No preferirías permanecer aquí? —Potter echó una mirada a la mesa y sonrió de oreja a oreja.

Severus tembló, horrorizado.

—Dios mío, no. Ninguno de los dos es suficientemente joven para eso.

—Habla por ti.

—Hablo por los dos. Casi tienes cuarenta. No deberías estar actuando como un estudiante.

—¿O me quitarás puntos? —Potter agitó una mano y Severus sintió el hormigueo mágico mientras la cerradura de la puerta de la biblioteca se cerró.

—O no conseguirás lo que quieres. —No quería decir eso. Su cuerpo ya estaba empezando a responder.

—No hay romanticismo en tu alma. Además, normalmente consigo lo que quiero. —Potter se inclinó y rozó un rápido beso sobre su boca.

El contacto llenó de placer el pecho de Severus. Su polla empezó a endurecerse de anticipación. Había pasado mucho tiempo…

—Estoy de acuerdo. No tengo de eso. —Nunca había tenido la oportunidad de desarrollarlo, y ahora era demasiado tarde. Deslizó una mano sobre la mejilla de Potter, bajando la cabeza para lamer su delicioso labio inferior.

Severus gimió y abrió la boca. La invitación era demasiado buena para rechazarla. Se apretó contra Potter, zambulléndose en el beso. Sublime; sabía que besar a Potter sería así. Maravilloso, emocionante y demasiado exquisito para apresurarse. Acercó a Potter, recorriendo con sus manos la parte baja de su espalda, apretándole el trasero.

Estaba excitado, y les empujó hacia la mesa. Si Potter lo quería de ese modo, se suponía que debía complacerle.

—La próxima vez, en una cama.

—La próxima vez —prometió Potter, mordisqueando su mandíbula. Sin despegar la boca del cuello de Severus, murmuró un hechizo. De pronto estaban los dos desnudos, con la ropa perfectamente doblada en una silla. Cada vez que usaba ese extraordinario poder, excitaba inmensamente a Severus. Con toda probabilidad, Potter lo sabía.

Agarró la cintura de Severus y le subió sobre la mesa. De nuevo sin sacar la varita, Potter lanzó un hechizo amortiguador.

—Bien —dijo Severus, echándose hacia atrás. No era tan blando como una cama, pero era de lejos mejor que una dura mesa de madera.

Potter empujó las rodillas de Severus hacia arriba, desplegando sus piernas y dejándolas abiertas. Severus tembló. Cuando Potter besó el interior de su muslo, decidió que podía vivir siendo expuesto de esa manera. Se desató sobre él un glorioso placer cuando la lengua de Potter hizo contacto con su carne. Y luego de nuevo, cuando continuó trabajando su camino hacia abajo, lamiendo y mordisqueando.

—Oh, Merlín —gimió Severus, inclinando sus caderas hacia el calor y la humedad de la boca de Potter.

Potter, que tenía la boca ocupada, no dijo nada y siguió volviendo loco a Severus con provocadores lametones y mordiscos. Estaba jadeando de necesidad cuando Potter se detuvo. Una protesta vino a sus labios, pero no pudo recuperar el aliento el tiempo suficiente para dejarla escapar. Antes de que pudiera bajar de las alturas a las que le había conducido Potter, éste subió a la mesa, con las rodillas forzando sus piernas a abrirse aún más.

Cuando los hábiles dedos entraron en él, Severus cerró los ojos, dejándose llevar por la sensación. Había deseado aquello desde hacía mucho tiempo. Los dedos de Potter sabían exactamente dónde presionar, exactamente qué hacer para provocar la más maravillosa de las sensaciones.

—Bien. Bien. —gimió Severus.

La preparación duró demasiado, pero finalmente Potter se deslizó completamente dentro de él. Severus soltó aire y esperó a que la quemazón se redujese. Había pasado demasiado maldito tiempo. Después de un momento, su cuerpo se acomodó. Abrió los ojos y tanteó las caderas.

Potter no necesitó una segunda invitación. Su primera acometida fue ligera, casi provocadora. Cada una de las siguientes fueron más firmes, con más poder tras ellas. Cada movimiento dentro y fuera hacía crecer la presión, y llevaba a Severus cerca del fin sin pensar en el abandono que buscaba. El ritmo todavía era exasperadamente lento.

—¡Muévete! Más rápido —ordenó Severus.

Una risa le contestó.

—Como quieras. —Las caderas de Potter cobraron velocidad.

No era suficiente. Ni de cerca suficiente. Severus intentó buscar cada golpe, arqueándose en él, persiguiendo la escurridiza sensación de perfección. Lo necesitaba. A Harry. Tanto.

—Más —suplicó—. Por favor.

Potter contestó poniendo su espalda a trabajar. Aquello era sublime, sexy e increíblemente bien hecho. Se concentró estrechamente en Potter y su polla. Eso era lo único que importaba, lo único que quedaba en el mundo.

Con una mano aferrada a la espalda de Potter y la otra asiendo una esquina de la mesa, Severus se arqueó una última vez. Todo pareció retenerse todavía un segundo más antes de que se perdiera en su orgasmo. Vagamente, escuchó a Potter llamarle a voces mientras se movía aún más rápido, pero Severus ya estaba perdido.

—Bien —dijo un poco más tarde—. ¿Qué tiene que decir, señor Potter?

—Feliz Navidad.

 

Obsequio de Navidad, obra de Psique para Intruders

 

 

Potter se rió para sí y le ayudó a incorporarse. Aun con el hechizo amortiguador, ese particular ángulo no le había hecho ningún bien en absoluto a la espalda de Severus.

—Viendo que ya he recibido mi regalo… —Severus cogió a Potter por la nuca y le arrastró para otro beso.

Potter abrió la boca, explorando poco a poco. Agitó un dedo entre ellos, y ambos quedaron limpios y vestidos de nuevo.

La polla de Severus dio un tirón ante el cómodo poder en las puntas de los dedos de Potter, pero no dijo nada. Sospechaba que sabía perfectamente cuánto le excitaba.

—¿Volvemos a mi habitación?

—Buena sugerencia. Aunque supongo que tendré que hablar con mis hijos por la mañana. —No sonó como si fuera algo que deseara hacer.

—¿Te causará esto problemas con ellos?

Potter se encogió de hombros y deslizó el brazo a través del de Severus mientras caminaban hacia la puerta.

—No creo. Nunca lo han dicho, pero siempre he sospechado que me culpaban del divorcio.

—Parece bastante injusto, teniendo todo en cuenta. —Ginevra había esperado tan solo unos pocos meses antes de casarse de nuevo. Eso había causado un considerable escándalo, pero para frustración de la prensa sensacionalista, ni ella ni Potter habían comentado el asunto.

—Quizás. No pasaba mucho tiempo en casa. Prefiero no hablar del tema ahora. —Potter cerró la puerta de la biblioteca—. Tenemos mejores cosas de las que hablar.

—¿Como qué? —Había más que lo que había pasado, Severus lo sabía, pero no tenía prisa por descubrir qué era. Mañana o la semana siguiente estaría bien. Tenían tiempo.

—Como lo que voy a hacerte cuando volvamos a tu cuarto.

—¿O lo que te podría hacer yo a ti? —No estaba seguro de cuánto duraría eso, y había algunas cosas que había fantaseado hacer con Potter.

La risa de Potter era grave y llena de promesas.

—Creo que me gustaría escuchar todo lo relativo a ese tema.

—Y lo harás.

 

Fin



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