Pairing: Snape/Lupin

Ubicación original

Rating: R

 

 

El Gran Comedor brillaba alegremente mientras los estudiantes se reunían para cenar, dos semanas antes de las vacaciones de Navidad. Decorado antes de tiempo, los árboles resplandecían con nieve fresca anti-derretimiento, hadas tintineantes y bellos ornamentos. La nieve caía aletargadamente del techo, desapareciendo antes de llegar a empolvar las mesas y cenas. Guirnaldas de color verde, rojo, plateado, dorado, amarillo y azul colgaban sobre el salón y al final de la mesa de cada Casa, como también adornando la mesa de los profesores a la cabecera del salón. Las velas ardían y las dos grandes chimeneas iluminaban el largo salón comedor. Todo era delicioso y alegre.

Remus Lupin estaba sentado entre Minerva McGonagall y Severus Snape, observando la decoración con una sonrisa alegre. Sabía que había más por venir, pero como inicio, era adorable, y parecía elevar los espíritus de todo el mundo. El último par de semanas había llovido a mares en aquella parte de Escocia, con cantidades récord de nevadas, y había obligado a los estudiantes a un encierro casi completo. La claustrofobia estaba llevando a todo el mundo al límite de su paciencia, así que estaba bien sentirse más relajado y tranquilo durante unos momentos.

Un golpecito en un vaso llamó la atención de todos los presentes y las miradas se centraron en el director de Hogwarts, Albus Dumbledore, un viejo mago de ocasionalmente traviesas intenciones. Por el brillo en los ojos azules de Dumbledore, Remus supuso que el abuelo estaba tramando alguna travesura una vez más.

—Oh, cielos —murmuró Remus en voz baja a Severus, que sólo suspiró como respuesta.

—Pues aún no sabes ni la mitad —susurró Severus como respuesta.

—¿Tú sabes lo que está pasando? —preguntó Remus, sorprendido. Severus mantenía una política basada en que cuanto menos sabía, más feliz era.

—He sido advertido y amenazado —contestó Severus, abatido. Las cejas de Remus se unieron y furtivamente le dio golpecitos a la rodilla de Severus bajo la mesa, mientras dirigía su atención hacia Dumbledore, que ahora estaba de pie, con los brazos abiertos, preparándose para hablar.

—Han sido un par de semanas tensas, como todos sabemos —empezó Dumbledore, pero se detuvo, esperando que pasaran los gruñidos y bufidos de irrisión—. Pensé que quizá alguna actividad compartida entre toda la escuela animaría las cosas, algo que podamos disfrutar antes de que todos se vayan a casa para las vacaciones de invierno. Algo divertido y festivo.

Hubo un murmullo colectivo, y Remus notó que los estudiantes se erguían en sus asientos con un aire general de interés. Dumbledore jamás era aburrido, así que cualquier cosa que se le hubiera ocurrido sería, cuando menos, graciosa.

—Pensé que quizá un intercambio de regalos sería divertido. Por lo que entiendo del proceso, todos los preparativos son en secreto. Cada estudiante y profesor recibirá al azar un nombre y deberán escoger regalos para esa persona, completamente en secreto. El destinatario no debe saber quién le ha hecho el regalo. —Hubo un silencio de asombro—. Había pensado hacerlo entre Casas, pero los Jefes de Casa expresaron que sería una pesadilla estar al corriente de ello, así que he concedido que quede dentro de cada Casa. —Hubo un audible suspiro de alivio por parte de Severus, Minerva, el profesor Flitwick y la profesora Sprout. Remus sólo pudo imaginar el horror que los cuatro Jefes de Casa habían visto venir—. Al final de la cena, cada estudiante pasará frente a su Jefe de Casa y cogerá un nombre del caldero junto a ellos, que registrará el nombre y quién lo ha cogido. A partir de ahí, vosotros seréis los responsables de los regalos.

Por un momento, se escuchó un murmullo de angustia entre los estudiantes, antes de que Dumbledore los silenciara con una suave mirada de reproche:

—Para este propósito, he concedido para el próximo fin de semana una visita extra a Hogsmeade para comprar regalos, objetos para hacer regalos o para enviar lechuzas encargando los regalos. Habrá un límite de precio por cada regalo, para hacerlo justo y fácil para todos. Recordad, suele ser no el regalo en sí lo que cuenta, sino la intención que hay tras él.

Por el rabillo del ojo, Remus vio a Severus poniendo los ojos en blanco con disgusto. Remus suprimió una sonrisa. Sonaba como uno de esos comentarios típicamente sentimentales, del estilo de Dumbledore, pero no por ello menos cierto.

—Los regalos los entregarán los elfos domésticos a la hora del desayuno cada mañana, y el regalo final será durante la cena del próximo viernes como una buena despedida para aquellos estudiantes que vuelvan a casa. ¿Os parece bien a todos? —Albus sonrió al impresionado grupo de estudiantes. Una mano se levantó desde la mesa de Slytherin y Remus notó que Severus se movía ligeramente. Dumbledore, sin embargo, sonrió abiertamente hacia la pequeña de segundo año—. ¿Sí, señorita Marchant?

—¿Participarán los maestros, señor? —chilló ella.

La sonrisa de Dumbledore se ensanchó, algo que Remus no creía posible.

—Por supuesto, pero intercambiarán regalos entre ellos. —Hubo algunos gruñidos, y Remus no tuvo ninguna duda de que los gemelos Weasley ya habían planeado regalos para los profesores.

Remus sonrió. Excelente. ¡Eso podría ser incluso divertido! Se giró para sonreír alegremente a Severus, sólo para recibir una fría mirada como respuesta.

—¿No te parece que esto sea una buena idea? —preguntó, inseguro.

—¡Es una pesadilla! —gruñó Severus en un suspiro—. ¿Te has vuelto estúpido?

Remus se encogió de hombros, algo ofendido.

—Me gusta la idea —confesó. Severus bufó—. ¿Qué?

—Estás tan mal como Albus —bufó Severus, sorbiendo de su taza de café.

Remus sonrió.

—Gracias, Severus. ¡Eres muy amable al decir eso! —desde el otro lado, Minerva ahogó una risa y Severus sólo le dedicó otra mirada áspera.

Mientras la cena iba concluyendo, los Jefes de Casa se levantaron con sus calderos llenos de nombres. Las filas de estudiantes pasaban, cogían un nombre y se lo mostraban a su Jefe de Casa, que diligentemente lo escribía en un pergamino. Se escuchó a varios estudiantes preguntando si podían coger otro nombre, pero se les negó. Severus fue bastante estricto al respecto, según notó Remus:

—Si yo tengo que aguantarme con alguien a quien no conozco bien, podremos lamentarnos juntos —le espetó a Gregory Goyle, que agachó la cabeza mientras arrastraba los pies, mirando con la mente en blanco el nombre que había sacado.

Remus disfrutó del entretenimiento durante un momento. Los profesores sacarían los nombres durante su reunión semanal, que tendría lugar una hora después. Para cuando Severus llegó a la sala de profesores, Remus estaba acomodado en el sofá, guardando un espacio para el alto profesor de pociones, que se dejó caer en su asiento con una mirada agria.

—No puede ser tan malo, Severus —le dijo Remus.

—Si me toca Trelawney, me ayudarás a escoger su regalo —le dijo Severus seriamente. Remus rió, pero asintió cordialmente.

Los profesores cogieron sus nombres con la misma mezcla de emoción e inquietud que sus alumnos. Sólo Severus parecía ser el mayor Scrooge del grupo, lo cual era totalmente esperado. Severus rara vez participaba en las fiestas, a menos que estuviese obligado. Remus le sonrió abiertamente a Albus mientras metía su mano en el caldero cuando llegó su turno.

—¿Asumo que lo apruebas, hijo? —preguntó Dumbledore con una sonrisa, mientras Remus cogía su nombre con entusiasmo.

—Ciertamente —dijo Remus—. Interrumpirá un poco las clases, pero a todos nos vendrá bien algo de distracción, así que está bien.

—Estoy de acuerdo —acotó Flitwick, que había cogido nombre antes que Remus. Varios de los otros profesores también asintieron. Los labios de Severus se apretaron un poco más, y Remus ignoró la obvia irritación del moreno, mientras se sentaba junto a su pareja.

—Como habrán notado, no he preguntado quién le ha tocado a quién, mayormente porque el proceso de eliminación me permitiría saber quién ha cogido mi nombre —rió Dumbledore, agitando tentadoramente hacia el grupo el nombre que había cogido. Remus rió con los otros y Severus exhaló un suspiro que expresaba cuánto les estaba aguantando por obligación.

—¿Quién te ha tocado? —le preguntó Remus, emocionado, mientras él y Severus caminaban por el pasillo que daba a sus dependencias.

—Se llama amigo invisible por una razón —le dijo Severus con una sonrisa torcida, su primer signo de diversión en toda la tarde.

—Bueno, si no me has tocado tú y yo no te he tocado a ti, no debería importar, ¿no? —preguntó Remus.

Severus puso los ojos en blanco.

—No seas tonto, Remus, no te voy a decir absolutamente nada. Adivínalo como el resto del mundo.

Remus sonrió a su pareja.

—Albus te ha amenazado con daño físico si te comportabas como un amargado con esto, ¿verdad? —Severus gruñó. Remus se rió y entrelazó un brazo con el de Severus, susurrándole al oído—: No pasa nada, amor. Te querré aunque me des regalos horribles. —Severus sólo gruñó evasivamente, de nuevo.

En el bolsillo de su túnica, Remus aferró con fuerza el nombre “Severus Snape”. El pícaro guiño de Dumbledore le había indicado a Remus que al menos este amigo invisible estaba completamente amañado, pero a él no le importaba. Tenía sólo unos pocos días para tenerlo todo listo, pero estaba seguro que Severus nunca sospecharía que era Remus.

Más tarde, los dos yacían calladamente, con su respiración acompasada después de hacer el amor apasionadamente. Severus acariciaba perezosamente el pecho de Remus, con sus dedos largos y elegantes pasando sobre las cicatrices blancas y las frescas marcas de rasguños de la luna llena de hacía sólo unos días.

—Remus —dijo Severus de pronto.

—¿Hmm? —contestó Remus medio dormido.

—¿Recuerdas cómo éramos de jóvenes? —Remus dibujó una amplia sonrisa y su mano vagó entre las piernas de Severus. Él rió y le empujó hacia atrás—. Además de estar más salidos que un balcón.

Remus inclinó la cabeza a un lado.

—¿A qué te refieres, amor?

Severus se detuvo antes de hablar, como escogiendo sus palabras.

—Echo de menos algo.

—¿El qué? —Remus frunció el ceño.

—A ti, sexy y devastador con lentejuelas rojas y falda rajada hasta el muslo. —Severus, de hecho, se sonrojó.

Remus parpadeó.

—¿Echas de menos que me trasvista? ¿No estamos un poco mayores para eso?

El sonrojo de Severus se pronunció considerablemente.

—Bueno, sí, supongo, pero aún así —tosió—. Lo extraño.

—Ya veo. —Remus frunció aún más el ceño—. ¿Estás diciendo que ahora no me consideras atractivo?

—¡No! —Severus prácticamente gritó—. Es sólo… —Soltó una risa avergonzada y, al continuar, pareció vacilante—. Era muy… sensual, y me gustaba. ¿Podrías regalarme eso por Navidad?

Remus sonrió lascivamente y se inclinó para dar mordiscos en el largo cuello de Severus.

—Oh, sí, cariño, creo que podemos arreglar algo con lentejuelas rojas y una falda rajada hasta el muslo. —Severus le dedicó a Remus una mirada lasciva y se besaron; sus lenguas sinuosas se invitaban entre ellas mientras volvían a tumbarse en el colchón para amarse una vez más.

 

 

~*~

 

 

Severus dejó caer un catálogo y cogió otro. A Remus le hacía gracia.

—¿Problemas?

—Me tenía que tocar alguien a quien encontrarle un regalo es una pesadilla. —Severus parecía completamente fastidiado.

—Podría ayudarte —se ofreció Remus.

Severus le lanzó una mirada disgustada.

—No, eso es trampa. —Remus rió—, Supongo que tú ya has acabado con todo.

—Sí —Remus le miró triunfantemente—. El mío ha sido fácil. El último regalo me llevará algo de trabajo, pero creo que irá bastante bien.

—Mmm —Severus suspiró una vez más y continuó pasando páginas, haciendo anotaciones aquí y allá ordenadamente hasta que hubo acabado.

Remus sonrió antes de volver a centrarse en la preparación de sus clases.

 

 

~*~

 

 

La semana del intercambio de regalos empezó, y ese lunes por la mañana Remus despertó aún atrapado posesivamente por el brazo de Severus. La anticipación creció en su interior. Ambos pasaron por sus rutinas matutinas de limpieza y vestirse antes de ir al Gran Comedor para desayunar. Remus estaba más animado de lo habitual, y Severus lo señaló murmurando “estás inusualmente alegre”.

—¿No sientes un mínimo de curiosidad por tu regalo? —preguntó Remus, burlón. Recordando lo que había empezado aquella mañana, el rostro de Severus pareció abatirse.

—No —contestó, hosco, y caminó a zancadas hasta pasar por la puerta. Remus no pudo contener su sonrisa. Sabía que Severus esperaba ser decepcionado o avergonzado, lo que haría que la sorpresa de Remus resultara aún más dulce. Planeaba hacer que Severus esperara ansiosamente el regalo final de la semana, aunque sólo fuera por ver lo que vendría después.

Remus fue una de las últimas personas en entrar al Gran Salón, seguido por un grupo de Slytherin de tercero, que estaban emocionados, casi de mala gana, por el inicio de aquel extraño evento. El salón entero zumbaba con entusiasmo mal reprimido, mientras los alumnos inspeccionaban los regalos sobre las mesas de sus casas, dirigidos a cada uno por parte de un generoso desconocido. Era obvio que, durante el fin de semana, el espíritu de la actividad había poseído a todo el cuerpo estudiantil. Al observar a la profesora Vector agitando su caja suavemente, Remus supo que algunos de los profesores también habían ganado interés por el evento.

Acomodándose junto a Severus, Remus dio golpecitos con el dedo a la alegre bolsa plateada, cubierta con pañuelos navideños y tiras de confeti, que descansaba frente a su silla. Frente a Severus estaba el obsequio que Remus había pasado una hora envolviendo con cuidadosa precisión. El San Nicolás de estilo clásico de la envoltura saludaba con aire jovial al desdeñoso maestro de pociones. Sabía que Severus no tenía idea de que pudiese venir de su propia pareja. Remus era notoriamente malo envolviendo y solía acabar con un paquete cubierto de más cinta de pegar que envoltorio.

Notando la predisposición adusta de su pareja, Remus contuvo su infantil necesidad de reír.

—Es muy alegre y bonito, al menos —declaró, conteniéndose.

Severus hizo una mueca.

—Un paquete bonito siempre oculta una decepción —le dijo a Remus.

El buen ánimo de Remus decayó un momento ante la continua perspectiva amarga de Severus, especialmente considerando el trabajo que le había llevado dejarlo tan bonito.

—Anímate —soltó—. Dudo que sea una bomba pestilente —Severus pareció sorprendido ante la pérdida de paciencia de Remus, pero no dijo nada. Apretó la mano de Remus bajo el mantel a modo de silenciosa disculpa, que éste aceptó con su sonrisa fácil.

Dumbledore se levantó con los ojos brillando alegremente.

—Veo que todos los amigos invisibles han cumplido con su parte. Antes de que abramos nuestros paquetes, me gustaría recordaros que no debéis revelaros a vuestro destinatario. Ni tampoco debéis acosar a quien creáis que es vuestro amigo invisible —Albus soltó una sonora risita y gesticuló a su propio presente ante él—. Podéis, por supuesto, especular. Sé que yo lo haré —hubo una risa general y todos miraron ansiosamente a su director, que continuó sonriéndoles—. ¿A qué estáis esperando? —preguntó el anciano, abriendo su propio regalo despreocupadamente.

Durante los siguientes minutos los únicos sonidos que se oyeron fueron el papel rasgándose, el crujido de los envoltorios y el ocasional jadeo de sorpresa o risa cuando los regalos eran revelados. Remus se sentía como un niño mientras hundía su mano profundamente dentro de la bolsa que contenía su regalo, con el confetti haciéndole cosquillas entre los dedos y el papel de envolver suave, pero crujiente. Al notar algo solido, Remus rodeó el objeto con la mano y lo sacó.

—¡Oh! —suspiró mientras abría el puño para revelar su premio. Era una pieza hermosa, un broche dorado para capas con el emblema de Gryffindor incrustado con pequeños rubíes. Los profesores no habían puesto un límite de precio en sus regalos como lo habían hecho los alumnos, pero Remus aún estaba impresionado por lo que debía haber costado.

Severus lo ojeó sin inmutarse.

—Eso está bastante bien —observó—. No tienes muchas cosas con la insignia de tu casa.

—¡Es muy bonito! —suspiró Remus, aún algo impresionado. Miró a su alrededor a los otros profesores, que estaban ahora mirando a los regalos del resto. Los agradecimientos se hicieron oír por el salón, estudiantes y profesores por igual, para expresar el aprecio por sus nuevos tesoros, aunque no pudieran agradecérselo a la persona directamente. Remus notó que Severus era el único que aún no había tocado el suyo—. Abre el tuyo, Severus.

El rostro de Severus era neutral, pero con cautela se estiró y cogió la caja envuelta con San Nicolás aún agitando la mano hacia él.

—Complejo encantamiento, ése —dijo el Profesor Flitwick a quien le escuchase—, hacer que el papel se mueva así. —Remus trató de no parecer demasiado complacido consigo mismo.

—Bellísimo trabajo de envoltura, también —observó Minerva—. Yo no podría envolver así por mucho que lo intentara.

—Sí —rió Dumbledore—. Ni Remus ni tú sois un buen modelo de Gryffindor en ese sentido —hubo algunas risas.

La mano de Severus aún estaba sobre la cinta cuando Remus le dio un golpecito suave.

—Estará bien, estoy seguro.

—Nunca recibo buenos regalos –suspiró Severus, pero arrancó el lazo y abrió uno de los extremos del paquete. Retiró cuidadosamente el papel, teniendo especial cuidado de no rajarlo o arrugarlo demasiado. Remus no pudo evitar sonreír. Era lógico que incluso abriendo un regalo Severus tuviera que ser controlador—. Admito que me gusta el papel —concedió Severus—. Siempre me han gustado los Papás Noel de estilo antiguo.

Remus elevó una ceja a modo de sorpresa.

—¿De verdad?

—Mi madre coleccionaba tarjetas victorianas —admitió Severus con una media sonrisa avergonzada—. En Navidad estaban por todas partes. —Remus almacenó esa información cuidadosamente.

Exhalando un profundo respiro, Severus abrió la pesada caja de cartón. Acomodadas entre los trozos de papel verde y plateado había dos velas grabadas con el emblema de Slytherin; el color verde era de un elegante esmalte, y el metal, brillante plata. Remus no había podido resistirse al verlas. Originalmente las había comprado como su regalo privado para Severus, pero pensó que también serían un gran inicio para la semana del amigo invisible de éste. Varios meses atrás, Severus se había quejando de que no había luz suficiente en su oficina. Remus pensaba que estas dos quedarían muy bien en las dos esquinas de su escritorio.

Severus cogió una de ellas, y Sinistra aplaudió, deleitada.

—¡Oh, había pensado en comprar algunas de ésas para mí! —le dijo a la maestra Burbage, la profesora de Estudios Muggles.

Remus le sonrió efusivamente.

—¿Ves? Ya te había dicho que no iba a ser tan malo.

—Son realmente bonitas —opinó Dumbledore, que se había paseado tranquilamente por la mesa para observar los otros regalos. Levantó a la vista de Remus una camiseta que decía “Yo he inventado doce usos para la sangre de dragón… ¿qué has hecho TÚ hoy?”. Remus se rió a viva voz.

—¿Y bien? —La voz de Dumbledore retumbó sobre la cháchara encantada de los alumnos y el staff—. ¿Éxito?

Hubo una entusiasta ovación, liderada por Remus. Remus sintió un latido de triunfo al ver a Severus asintiendo reticentemente. El pez había picado; era hora de recoger el sedal.

 

 

~*~

 

 

La mañana del jueves amaneció brillante y nevada. Normalmente otro día de constante nevada sumergía a la escuela entera en un ataque de protestas, pero la emoción por los regalos anticipados todavía estaba a la orden del día a la hora del desayuno. Las clases del día anterior se habían descontrolado, con los estudiantes especulando quién sería su amigo invisible. Era distrayente, pero con un par de sutiles indirectas los estudiantes regresaron a sus estudios y mantuvieron la mayor parte de la charla para sus momentos libres y las comidas.

Remus y Severus entraron al salón juntos, con los hombros rozándose. Remus estaba exhausto. Se había quedado hasta tarde corrigiendo los exámenes que había descuidado durante el fin de semana. Severus parecía como nuevo y, si Remus no lo conociera mejor, más alegre. Cuando había bajado a buscarlo a las mazmorras para subir a la cena de la tarde, lo había encontrado intentando ajustar las velas plateadas a su escritorio. Remus había reprimido la sonrisa de triunfo y, en su lugar, había comentado que realmente completaban el toque de la oficina del Jefe de Casa de Slytherin, cosa con la que Severus estuvo reticentemente de acuerdo.

Aquel día, Dumbledore no se molestó en anunciar el inicio de la apertura de los regalos. Apenas el director se sentó en su silla alta, comenzó a romper el papel. Severus esbozó una mueca.

—Es un poco demasiado entusiasta, ¿no te parece? —comentó el moreno, mientras Remus dejaba escapar un suspiro de asombro al ver su propio regalo, envuelto maravillosamente.

—Es parte de la diversión, Severus —le dijo Remus—. Inténtalo. Nada es más satisfactorio que abrir un regalo rompiendo el papel.

Severus hizo una mueca e inició la meticulosa apertura de su regalo, envuelto en brillante papel verde con festivos lazos rojos. Remus rompió el papel de su propio regalo, envuelto en papel dorado con un moño azul

—Mmm —suspiró Remus, contento, colocando inmediatamente el suave suéter de lana de angora contra su mejilla. Era de un bello azul turquesa y Remus lo adoró. Severus se tomaba tanto tiempo en abrir su regalo que Remus le acercó el suéter a la mejilla—. Es suave, ¿verdad?

Severus entornó los ojos.

—Crece, lobo ridículo —le soltó a Remus, sin rencor.

—Nunca —declaró Remus—. Ahora date prisa. Quiero ver cuál será tu próximo tesoro —Severus levantó la caja y sus oscuros ojos se agrandaron por la sorpresa—. ¿Qué? —preguntó Remus, fingiendo inocencia, pero pavoneándose interiormente.

—Estos… —Las palabras parecieron fallarle al profesor de pociones.

—¿Qué? —repitió Remus y se levantó para mirar en el interior del paquete, aunque ya sabía qué contenía. Acomodados de lado a lado estaban algunos de los ingredientes de pociones más costosos del mundo, algunos de los cuales no podían ser comprados legalmente sin algún tipo de permiso. Remus y Albus habían pensado juntos aquel regalo. Albus había movido los hilos para que Remus hiciera la compra. Con estos raros y costosos objetos, Remus sabía que la naturaleza científica de Severus se derramaría en un arranque de brillante creatividad. Había ya un fulgor de experimentación científica brillando en lo más profundo de los ojos negro carbón de Severus Snape—. ¿No son muy caros? —preguntó Remus, manteniendo su aire inocente.

Severus se volvió para mirar a Dumbledore, que ojeaba el resto de regalos mientras estrechaba su propio fénix de felpa como un niño pequeño. Una mirada especulativa reemplazó la llama del descubrimiento en los ojos de Severus, y Remus no pudo evitar reír para sí mismo. Sin duda, Severus pensaba que había descubierto a su amigo invisible, lo que significaba que el regalo del día siguiente le desconcertaría totalmente.

 

 

~*~

 

—¿Qué demonios…?

Remus disfrazó su risa como una tos mientras Severus miraba fijamente su regalo del miércoles por la mañana.

—¿Mmm? —Remus fingió no haberse dado cuenta, admirando en su lugar su propio regalo, un bonito set de marcos de foto justo del tamaño correcto para las viejas fotos escolares de su oficina. Los marcos estaban ya viejos y gastados, poniendo de manifiesto el paso del tiempo. Remus tenía muchas ganas de cambiarlos por los nuevos. Quedarían muy elegantes en su oficina.

—¿Qué demonios es esto? —Severus estaba en parte sorprendido, en parte decepcionado, en parte confundido y en parte complacido. Lo que fuera que hubiese estado esperando no era una botella de su refresco muggle favorito.

Remus observó el regalo de Severus.

—Es un refresco —contestó, sacudiendo un pedazo de papel rajado de una de las esquinas.

—Sí, pero… —La confusión de Severus era obvia. Remus se apiadó de él.

—Es tu favorito, ¿no? —Severus asintió, mirando a Remus, aún muy confundido—. Te quejas de no poder beberlo demasiado a menudo. ¡Creo que es una buena idea!

Los labios de Severus se elevaron ligeramente, levantando la lengüeta metálica de una de las latas.

—Sí. Ha sido bastante inteligente, ¿no? —Tomó un largo trago de la lata y soltó un suspiro complacido. Remus se rió—. Mis felicitaciones a quien haya pensado esto —dijo Severus, dirigiéndose hacia la mesa en general. Hubo algunas risas.

—Nunca me gustó esa marca —le dijo Dumbledore a Severus más tarde; llevaba puesta su ridícula bufanda peluda, mitones y un sombrero de un color que Remus sólo podía definir como “color púrpura Dumbledore.”

 

 

~*~

 

 

—Creo que sé quién es mi amigo invisible —le dijo Severus a Remus el miércoles en la noche, mientras se preparaban para irse a la cama.

—¿Sí? —Remus le sonrió. “No”, pensó para sí mismo, “no lo sabes”.

—¿Se nos permite hablar de esto entre nosotros? —le preguntó Severus.

—Bueno, si crees que soy yo, no lo voy a negar ni admitir —bromeó Remus.

—Dumbledore. Tiene que ser Dumbledore. Esos ingredientes para pociones le han delatado —anunció Severus, pero entonces frunció el ceño—. Aunque las latas de refresco me confunden. ¿Le dijiste que me gustaba esa bebida?

Remus fingió pensarlo.

—Puede que sí —se encogió de hombros, displicente—. ¿Realmente importa?

Se estiraron en la cama, acomodándose juntos, con Remus acariciando perezosamente el pecho de Severus en un patrón circular.

—Es sólo que odio no saberlo —confesó Severus finalmente—. Siento que no tengo el control. Y ya sabes que eso me desorienta.

Remus sonrió.

—Lo sé, pero no pasa nada —sonrió traviesamente—. Conozco una manera en la que puedes tener el control esta noche. —Alzó las cejas sugerentemente y se deslizó por el cuerpo de Severus, cerrando los labios alrededor de su miembro.

—Sí, pero creo que, técnicamente —gimió Severus, respirando bajo la tibia administración de Remus—, el objetivo de todo esto es que yo pierda el control.

Remus estaba demasiado ocupado para contestar.

 

 

~*~

 

 

Remus estaba bastante nervioso por la reacción de Severus a su regalo del jueves. Sabía que apelaría a la naturaleza astuta y privada de Severus. También llamaría la atención de Severus debido a su gusto por los puzzles. Severus era de naturaleza práctica y lógica. Aún así, era un regalo extraño, y Remus no estaba seguro de cuál iba a ser su reacción. Tampoco estaba seguro de que fuera a llegar a tiempo. Tenía una gran bolsa de chocolate de Honeydukes lista sólo por si acaso.

En un intento por ignorar su propio nerviosismo ante la reacción de Severus, Remus se concentró en su regalo. Lo que quiera que fuese, pesaba mucho. Remus frunció el ceño al tratar de abrirlo. No podía. No había tapa en el contenedor. Miró por todos lados alrededor del envase, pero no encontró apertura. Rindiéndose finalmente, Remus rió en voz alta.

—¡Vale, está bien! ¡Me rindo! ¿Cómo se abre?

Severus se giró hacia él.

—No se abre, idiota —dijo, mordaz.

Remus se atrevió a mirar a Severus y lo vio sonriendo al contemplar su propio regalo, la hermosa caja de madera en su mano de dedos largos. El dedo de Severus acariciaba ausentemente el grabado en la tapa.

—¿Qué quieres decir?

Severus soltó una fingida señal de fastidio, se inclinó y apretó un punto que Remus no podía ver. Remus comenzó a darle la vuelta el objeto ovalado para ver qué había apretado Severus, sólo para dar un salto cuando la música tronó desde el objeto. Una de las canciones favoritas de Remus sonó desde un altavoz invisible.

—No has estado oyendo la radio, ¿verdad? —le dijo Severus, divertido—. Es uno de esos nuevos equipos de música que han estado anunciando. Vi uno en Diagon Alley antes de que el semestre empezara. Pensé en comprarnos uno, pero nuestro gusto en música... —el labio de Severus se torció en una mueca— no es compatible.

Nat King Cole cantaba suavemente desde el orbe blanco ovalado mientras Remus lo giraba en sus manos una vez más. Finalmente notó los botones casi transparentes.

—¡Oh! —dijo, sorprendido—. ¡Ya veo! —Severus entornó los ojos.

—Ojalá hubiesen puesto algo de los Beatles o Weird Sisters —conmiseró Severus. Remus jugueteó con un dial casi invisible y uno de los últimos temas de los Beatles apareció en los altavoces que Remus aún tenía pendiente localizar—. Mucho mejor —aprobó Severus. Remus sonrió.

—¿Qué te ha tocado? —preguntó.

Severus levantó la caja.

—Una caja puzzle japonés de madera —le informó Severus—. Aparentemente cuesta veinte movimientos abrir un compartimiento secreto, aunque hay sólo tres maneras de manipular los mecanismos —el rostro de Severus mostraba deleite por el regalo—. Adoro los puzles —añadió, como si Remus no lo supiera ya.

—Bueno —le dijo Remus—. Si es una caja para secretos, más te vale no guardar mensajes románticos de nadie que no sea yo —Severus simplemente le dedicó una media sonrisa.

Ambos desviaron la atención de sus regalos cuando Dumbledore carcajeó con jolgorio nada disimulado.

—No sé quién es el amigo invisible de Albus —comentó Remus, observando al director calzarse un par de pantuflas con la forma de un pájaro que podía, pasablemente, ser considerado un fénix—, pero sea quien sea es un genio.

—Sí —reflexionó Severus, mientras observaba a su mentor y jefe perder la poca dignidad que poseía al mostrarle al salón entero sus ridículos zapatos—. Sin duda es increíble la porquería que se puede encontrar en un catálogo.

 

 

~*~

 

 

Llegó el viernes y los profesores sabían sin duda alguna que cualquier pretensión de enseñar algo a los estudiantes ese día debía ser abandonada. Incluso Severus, siempre insistente en mantener el orden y la rutina, le dijo a Remus que había planeado una serie de concursos de trivia para sus clases con pequeñas botellas de pociones para los ganadores. Remus supuso que era la manera divertida de Severus de hacer exámenes sorpresa a sus estudiantes. Aún así, tal y como pensó Remus, arrepentido, Severus estaba intentando animar el ambiente.

El jueves, Remus le dijo a sus clases que quería una exposición, en la que los alumnos trajeran el mejor regalo que hubiesen recibido para presumir de él y explicar por qué les había gustado tanto. Lo hacía, principalmente, para ver el grado de inventiva de sus estudiantes, y vaya si se habían puesto inventivos. Desde artefactos hechos a mano hasta tesoros bien planeados, cada día los regalos variaban desde el bocadillo favorito pero difícil de hallar de alguien hasta un set de bellos animales de origami. Remus se maravillaba de lo sorprendidos que parecían los estudiantes de que sus compañeros les conocieran tanto; dudaba que se diesen cuenta de lo cercanos que eran los compañeros de cada casa.

Remus les pidió a Parvati Patil y Blaise Zabini que se acercaran después de clase y les dijo que pensaba que sus regalos eran brillantes. Zabini, un Slytherin severo y snob, llegó a sonreír al mostrarle al profesor que menos le gustaba su hermosa, aunque barata, botella de cristal. Era delicada, y Remus no tenía idea de cómo alguien había conseguido hacerla llegar a Hogwarts sin romperla. Parvati acariciaba cariñosamente con el dedo un suave conejo de juguete, una criatura animada no más grande que un huevo. Era obvio que estos regalos, simples en su concepción, atraían a estos dos chicos. El de Parvati despertaba en ella un recuerdo, podía verse en sus brillantes ojos llorosos. Zabini, un chico sin duda acostumbrado a lo mejor, cogía la botella como si estuviese grabada con las gemas más raras. Remus podía ver cómo apelaba a la reprimida naturaleza artística del chico.

Todos esperaban ansiosamente la cena de aquella noche. Sería la última cena antes de que todo el mundo se marchara de vacaciones, si es que se iban. Con el intercambio de amigo invisible llegando a su fin, Albus había pedido a los elfos domésticos que hicieran algo especial para esta cena en particular. Los elfos domésticos, complacidos con el nuevo mobiliario que los profesores les habían regalado para sus habitaciones con forma de colmena, cumplieron con impresionante creatividad. La comida era celestial, abundante y deliciosa. Fue presentada con gran ostentación, en una de las probablemente pocas ocasiones en que el profesorado y los estudiantes veían a los elfos domésticos.

Una vez hubieron acabado y todo el mundo empezó a gruñir por haber comido demasiado, Dumbledore se levantó, frotando su propio estómago con placer.

—No sé vosotros, pero creo que a mí tendrán que llevarme rodando hasta mi cuarto esta noche —le dijo al cuarto en general, que rió y vitoreó—. Muchas gracias a nuestros elfos domésticos por su excelente festín —más aplausos—. Creo que ahora todos esperamos ansiosamente los últimos regalos de esta tarde, así que, ¡voilà! —Albus hizo un gesto grandilocuente y los regalos aparecieron mágicamente en frente de sus destinatarios. Esta vez, sin embargo, había nombres declarando de quién venía cada regalo.

Remus cogió su tarjeta sólo para descubrir que no había nombre en ella. Tanto él como todos los demás miraron a Dumbledore con expresión confundida.

—Tenemos que adivinarlo —les dijo Dumbledore con una carcajada casi maligna.

—¿Antes o después de los regalos? —preguntó Flitwick con apenas suprimida ansiedad.

—Después, por supuesto —contestó Dumbledore, ya estirando del envoltorio y del confetti de papeles brillantes de una bolsa de regalo tamaño enorme frente a él.

—Naturalmente —dijeron Remus y Severus al mismo tiempo, y luego se sonrieron el uno al otro.

Remus decidió posponer la apertura de su regalo hasta haber visto a Severus abrir el suyo. Severus comenzó a abrir su regalo con decidido entusiasmo, aunque sin el mismo aire infantil del resto. Severus se tomó su tiempo con el papel, pero no se contuvo con la caja cuando llegó hasta ella. Su expresión de anticipación se transformó en una de casi decepción y Remus apenas pudo contener su risa. Severus sacó la gran caja de chocolate de Honeydukes, todos ellos sus favoritos, cosa que Remus sabía bien, y un objeto grande y redondo.

En muda confusión, Severus le dio la vuelta al objeto para enseñárselo a Remus: era un globo de nieve. Sin ser capaz de resistirse, Severus agitó el mundo en miniatura y brillantes copos de nieve cayeron alrededor del castillo de Hogwarts. Era muy hermoso, pero no muy del estilo de Severus.

—No lo entiendo —murmuró Severus para sí mismo.

—A mí me gusta —le dijo Remus—. Y si es de quién tú crees, ya sabes que tiene algún truco.

—Por supuesto —los ojos de Severus se iluminaron con especulación y se volvió en dirección a Albus para observar al director, que continuaba quitando confetti y papel de envolver.

—¿Hay siquiera un regalo aquí? —preguntó Albus afablemente. Mucha gente paró de abrir sus propios regalos para ver a Albus quitar montón tras montón de papel de la enorme bolsa.

—Bueno, si no lo hay —bromeó Hagrid desde su esquina de la mesa—, al menos se está divirtiendo.

Albus rió.

—Gran verdad, Hagrid. Gran verdad —Albus sacudió algo de confetti perdido en su larga barba, lo que provocó un ataque de risitas en un grupo de Ravenclaw. Pronto, todos miraban al director en su interminable búsqueda de su presente. Otros regalos, algunos sin abrir, como el de Remus, fueron olvidados cuando la gente se giró a ver si el director tendría éxito.

—¡Ajá! —exclamó Dumbledore triunfante, con el brazo metido hasta el hombro, cuando su mano rozó el objeto que buscaba. Lo sacó de un tirón, riendo al ver el pequeño objeto. Todo el mundo rió también—. No sé quién es el que está tras mis regalos, pero sabe demasiado bien lo que me gusta divertirme.

Remus concluyó que eso podía aplicarse a prácticamente todos los presentes.

Albus abrió la pequeña caja para ver su contenido. Se quedó muy quieto; sus ojos llenándose inesperadamente con lágrimas. El anciano parpadeó varias veces y finalmente tuvo que limpiarse las lágrimas con una mano temblorosa.

—Oh, Merlín —susurró suavemente—. Severus, muchísimas gracias.

Remus, y de hecho todo el mundo, se giró sorprendido hacia Severus, completamente impactado de que Severus Snape hubiese sido responsable de los regalos cursis y graciosos que Albus había disfrutado toda la semana. Aún más chocante era que el regalo final capaz de traer lágrimas a los ojos de Dumbledore viniese de Snape, notorio por mostrar rara vez cualquier tipo de emoción sentimental.

—¿Qué es, Albus? —se aventuró a preguntar Minerva en el reverente silencio del salón.

Albus se lo entregó y todos en la mesa del profesorado se inclinaron a mirar. Era un retrato en miniatura, lo suficientemente pequeño para llevar en un collar o un reloj de bolsillo. En la imagen estaban Albus y Fawkes, juntos de pie, en un raro momento de paz. El afecto y la conexión entre pájaro y hombre eran obvios en el momento capturado. El brillante plumaje de Fawkes flotaba sobre el brazo de Dumbledore, donde estaba posada la gran ave. La túnica de Dumbledore, de un turquesa que contrarrestaba las plumas del ave, era una de las más finas que Dumbledore tenía, llevada sólo en ocasiones muy especiales.

—¿Lo recuerdas? —le preguntó Severus, en voz baja.

—Sí —Albus le dedicó una sonrisa llorosa a su profesor de Pociones.

Severus asintió.

—Bien.

—¿Qué? —preguntó Remus; la curiosidad era más fuerte que él.

—Albus me respaldó para el examen de maestría en pociones. Resulta que debes tener a alguien que te presente. Es difícil llegar al nivel que tengo, y hay muchos exámenes, entrevistas y ese tipo de cosas que superar. Albus, en su capacidad oficial de líder del Wizengamot, me acompañó. Acababa de salir de una junta oficial del Wizengamot internacional, por eso estaba tan bien vestido. Yo intentaba gastar rollo en mi cámara y tomaba fotos al aire. Nunca le había enseñado ésta —Severus apuntó la fotografía—. Estaba esperando el momento adecuado para dársela.

—Es una instantánea brillante —le dijo Minerva.

Severus se encogió de hombros.

—Muchas veces, las mejores fotos se toman por pura coincidencia.

Una vez completado el evento del regalo de Albus, todos regresaron a sus propios obsequios. Hubo varios gritos de alegría por todo el salón, cada vez que alguien recibía algo realmente espectacular. Hubo chillidos de alegría, abrazos, apretones de mano y un montón de animada cháchara.

Remus acabó de abrir su regalo y jadeó.

—Oh, Merlín —dijo suavemente—. Yo… yo… no sé qué decir.

—¿Qué es? —Severus frunció el ceño, inclinándose.

—Había oído hablar de esto —dijo Remus suavemente, levantando el libro y haciendo que el ceño fruncido de Severus se pronunciara—, pero nunca había visto una copia. Es muy raro. Es un códice, un manuscrito medieval, pero su contenido es esencialmente la historia del hombre lobo —Remus lo abrió con reverencia y aquellos cercanos quedaron sorprendidos por las maravillosas ilustraciones en el interior—. Hay sólo unos veinte en todo el mundo, la mayoría en museos mágicos. Las ilustraciones por sí solas ya son obras de arte, pero el objeto entero, con su historia y sus tradiciones perdidas… oh —Remus lo abrazó contra su pecho como si fuera un niño pequeño—. ¿Quién…?

Miró a su alrededor. Albus le sonreía abiertamente.

—Lo encontré hace muchas décadas en mis viajes de juventud. A un precio muy bajo, debería añadir. Está completamente en latín pero, como tú mismo dices, bellamente presentado. Buena parte de la información es bastante correcta en cuanto a la naturaleza e historia del hombre lobo, pero a menudo ignorada en tiempos modernos. Pensé que tú lo apreciarías. En mi oficina hay una vitrina que eres bienvenido a utilizar para exponer el libro en tu oficina o tu cuarto, donde estimes conveniente.

Los ojos de Remus se llenaron de lágrimas.

—Oh, Albus, muchísimas gracias —se giró hacia Severus, habiéndose perdido la mueca de éste al darse cuenta de que Albus no era quien le había dado sus regalos—. ¿Severus? Espero que me ayudes a traducirlo, tu latín es un poco mejor que el mío.

Severus asintió.

—Por supuesto que lo traduciremos juntos. Yo también tengo un interés personal en el material. Sin embargo, si Albus era tu amigo invisible, ahora estoy perdido en cuanto al mío —remarcó, y volvió la vista hacia Minerva—. ¿Minerva?

—Yo tenía a Hagrid —le dijo en tono de disculpa. Severus le preguntó a varios otros, pero todos se disculparon e indicaron que no eran los responsables.

—¿Entonces quién es? —preguntó Severus, con frustración.

—Yo —confesó Remus con una gran sonrisa. Severus se quedó boquiabierto. Remus rió—. ¿Sorprendido?

—El merodeador que hay en ti ha vuelto con toda su fuerza —remarcó el moreno, con tono impertinente, haciendo que Remus riera un poco más, y levantando el objeto—. ¿Pero por qué el globo?

Remus sonrió traviesamente.

—Te lo explicaré más tarde —Severus levantó una ceja, pero asintió, conforme.

Aún no habían llegado a sus habitaciones cuando Severus empezó a darle la lata con preguntas acerca del globo de nieve. Remus cedió pasados diez minutos.

—¿Cuál es mi villancico favorito? —le preguntó a Severus.

El ceño de Severus se hundió mientras reflexionaba.

—No tengo la más mínima idea —admitió.

—¿De verdad? —preguntó Remus con una mirada sugerente—. Será mejor que te lo pienses —Remus se alejó caminando y tarareando la canción.

—¡Tiene que ser una broma! —bufó Severus, prácticamente enfurruñado.

—Empieza a cantarla y a ver qué pasa. Yo voy a ver la vitrina de la que hablaba Albus —Remus cerró la puerta tras él y esperó hasta que escuchó a Severus cantando lentamente con su voz desafinada. ¡Bingo!, pensó, y se alejó.

 

 

~*~

 

 

Severus Snape rara vez se encontraba perdido ante Remus Lupin. El castaño solía ser trasparente como el cristal. En ocasiones, sin embargo, Severus comprendía por qué Remus había sido miembro del grupo Gryffindor llamado alegremente “Los Merodeadores”. Remus John Lupin podía ser un maldito bastardo astuto cuando quería.

Severus suavemente comenzó a cantar la canción que Remus había tarareado. Pensaba que era insípida, pero cuando otra voz, fácilmente reconocible como el suave tono tenor de Remus, comenzó a cantar por encima de su voz, Severus se detuvo, abriendo la boca sorprendido ante el espectáculo que había empezado a organizarse en el globo de nieve.

La nieve brillante que caía alrededor de Hogwarts se abrió como la cortina de un teatro. Hogwarts se convirtió en el fondo para una figurilla mágica, que apareció en la ventana del globo. Remus estaba vestido para matar en un atuendo muy sexy de lentejuelas rojas, con raja hasta el muslo; una peluca estilo Marilyn Monroe, aunque en castaño, yacía en su cabeza. Su rostro estaba maquillado expertamente y cantaba “bah dum dum” con un meneo y un giro. Excepto por algunas arrugas en el rostro, fácilmente podría haber pasado por sí mismo en su juventud. Severus siempre pensó que Remus habría sido una mujer tremendamente sexy.

La música y algunos compases de apertura tintinearon mientras Remus empezaba a silbar, y Severus sintió cómo sus pantalones se estrechaban ante el pequeño meneo que le dedicó el Remus del globo de nieve. No se sintió avergonzado hasta que éste empezó a cantar las palabras de su villancico favorito, modificado, por supuesto, sólo para Severus.

Sev’rus, cariño, deja un balancín sexual bajo el árbol para mí
He sido un muy buen chico
Sev’rus, cariño, baja rápido por mi chimenea esta noche.

Severus gruñó, pero se sintió despertar por debajo del cinturón al pensar en él y Remus en un balancín sexual.

Sev’rus, cariño, esposas de felpa y un masaje para ti, o para dos
Te esperaré despierto, querido
Sev’rus, cariño, baja rápido por mi chimenea esta noche.

Aunque Severus no era un fanático de utilizar esposas en sí mismo, sabía y amaba el hecho de que volvieran loco a su hombre-lobo.

Piensa en toda la diversión que me he perdido
Piensa en todos los hombres que no he besado
El año que viene yo podría ser igual de bueno
si cumples con mi lista de Navidad.

Severus entornó los ojos, y medio rió ante la idea de Remus corriendo por allí, travestido, besando a otros hombres, a pesar de que se tocaba la creciente erección a través del algodón de los pantalones.

—Ni se te ocurra —murmuró al coqueto Remus.

Sev’rus, cariño, quiero tu polla y eso no es mucho
He sido un ángel todo el año
Santa, cariño, baja rápido por mi chimenea esta noche.

—Así que no es mucho, ¿eh? —murmuró Severus a la miniatura de Remus que le sonreía coquetamente—. ¡Eso ya lo veremos!

Sev’rus, querido, hay una pequeña cosa que realmente necesito
tu corazón latiendo con el mío
Sev’rus, cariño, baja rápido por mi chimenea esta noche.

Severus sonrió, consciente de que Remus estaba de pie en la puerta, observándolo con algo de aprensión.

Sev’rus, querido, llenaré algunas medias con mis piernas
Pongo mi vida en riesgo
Sev’rus, querido, y baja rápido por mi chimenea esta noche.

Severus se rió en voz alta, al ver a Remus pateando el aire con una pierna bien formada, tacones altos y medias de redecilla. De hecho, se había tambaleado un poco por esos tacones de aguja.

Ven a podar mi árbol de Navidad (hubo un sugerente contorneo aquí)
con decoraciones compradas en Hogsmeade
Estoy enamorado de ti
Veamos si estás enamorado de mi

Sev’rus, cariño, olvidé mencionar una cosita, un anillo
y no me refiero al de Saturno
(una mirada sugerente hizo obvio qué anillo se prefería aquí)
Sev’rus, cariño, baja rápido por mi chimenea esta noche.

Severus bajó el globo de nieve y se levantó para quedar cara a cara con Remus, que aún estaba de pie en el marco de la puerta, con una pequeña vitrina para su libro apoyada justo al lado, donde lo había dejado en silencio al regresar. El Remus en miniatura seguía cantando su sexy música navideña:

Baja rápido por mi chimenea esta noche
Rápido, esta noche.

—¿Cuándo… —preguntó Severus, acercándose a Remus con un caminar predatorio— … has hecho esto?

Remus tragó saliva, volviéndose de un color rojo brillante.

—El domingo por la noche, mucho después de que te hubieses dormido —admitió.

—¿Oh, de verdad? —Severus ronroneó. Acercó a Remus bruscamente con un beso duro—. ¿Sev’rus? —agudizó la voz, imitando la forma en que Remus había cantado su nombre en la canción—. Sabes que odio los sobrenombres.

Remus se encogió de hombros algo compungido.

—Era la única forma de conseguir que tu nombre encajara —dijo suavemente—. En esta instancia en particular, pensé que no te importaría.

Severus le dedicó una sugerente mirada lasciva

—Oh, puedo prometerte que recibirás un castigo. Mientras tanto —empujó a Remus contra la pared, besándole fervientemente— ... se me ocurren cosas mejores que hacer con esa boca que oírla gorjear villancicos sugestivos.

—Me querías en drag —le dijo Remus, mientras Severus rajaba su camisa a tirones, haciendo saltar botones en todas direcciones.

—Sí —ronroneó Severus nuevamente—. Eso quería, ¿verdad?

—¿No te ha gustado? —Remus gimió cuando los labios de Severus rozaron su ya endurecido pezón.

—Oh, mucho —le dijo Severus antes de poner su atención en el otro pezón.

—Oh, qué bien —dijo Remus con alivio, y Severus se levantó para dedicarle una mirada.

—Te quiero, Remus Lupin —le dijo Severus—. Nunca pensé que volvería a querer a nadie alguna vez. Todo lo que quieras, todo lo que necesites, sólo tienes que pedirlo y si puedo dártelo, lo tendrás.

Remus se derritió en los brazos de Severus.

—Oh, Severus —suspiró contra los labios de su amante, guiándole con entusiasmo hacia el dormitorio—. Eres todo lo que necesito. Preferiblemente ahora mismo.

Severus le dirigió una sonrisa lasciva.

—Esperaba que dijeras eso.

Remus y Severus tardaron exactamente cinco segundos en quitarse las túnicas. Llevaban juntos el tiempo suficiente para conocer las zonas erógenas del otro, cómo subirse la temperatura. Severus sabía qué puntos hacían gemir a Remus, y Remus sabía qué nervios hacían que Severus se arqueara en éxtasis. Cuando Remus entró en Severus, estaban en sincronía el uno con el otro, con sus mentes y corazones unidos. En cualquier otro momento, si Severus lo hubiese estado pensando, la idea de tal cursilería le habría quitado el apetito durante una semana. De esta forma, en cambio, ninguno pensaba, instinto y pasión tomaban el control de ambos.

—¡Oh, Severus, sí, pronto, sí! —Remus empezó a repetir, gimiendo contra los labios de Severus. Severus, sin embargo, no tenía el mismo plan. Llevó a Remus hasta el límite y se echó atrás, dejando a Remus aturdido y frustrado—. ¿Qué? —La pregunta de Remus era en parte exigencia y en parte sollozo.

—Has hecho todos esos regalos —le dijo Severus, cambiando de lugar y acomodándose de regreso en las caderas de su amante—. También podrías terminar el trabajo.

Remus no entendió al principio, pero pronto alcanzó la comprensión. Fácilmente deslizó a Severus sobre su polla impaciente y Severus lo empezó a montar. Sus manos, callosas y fuertes, bajaron a tocar suavemente los pezones de Remus, provocando que el otro hombre se arqueara y gimiera. El ritmo del propio Remus se agitó y sus manos volaron ciegamente a la polla y testículos de Severus, masajeando y acariciando en un intento de atraer a Severus a su propio orgasmo.

No llegaron a acabar juntos, pero por poco. Severus acabó primero, dando un gran gemido de satisfacción, completamente ininteligible. Remus lo siguió rápidamente; la sensación de entrar en Severus le llevaba más allá del control mientras las nalgas del otro hombre se apretaban compulsivamente. Severus cayó hacia atrás sobre Remus, que soltó un audible bufido.

La polla de Remus salió con un suave pop y los dos hombres se enredaron juntos, juntando los labios suavemente en una caricia post-coital.

—Bueno, ha sido… —A Remus no se le ocurrió qué decir.

—Sí, lo ha sido —aparentemente, a Severus tampoco.

Hubo una larga pausa, y entonces la pícara voz de Severus preguntó a su amante:

—¿He bajado por tu chimenea lo bastante rápido?

Remus rió.

 

Fin



 

Coméntalo en Planeta Slash

¿Alguna pregunta? intruderszine@yahoo.es

Intruders Slashzine